martes, 4 de marzo de 2014

DEL SABER AL COMPRENDER: NAVEGACIONES Y REGRESOS

A continuación un artículo de Manfred Max-Neef publicado en la revista "Axis Mundi" número 11. Si quieres descargar esta revista, así como otros números de la misma, he aqui el link: www.revistaaxismundi.com

Manfred Max Neef es un economista, ambientalista y político chileno, autor de varios libros, ganador del Right Livelihood Award en 1983 y candidato a la presidencia de Chile en 1993. 

Uno se siente reconfortado que personas como estas aparezcan como líderes en  sus distintos países, que aunque si bien el punto de vista materialista, separatista y utilitario, sigue en boga en gran parte del mundo actual, también es cierto que cada vez más surgen estas voces "públicas", y con ello, espero, las personas se comiencen a dar cuenta del valor que se encuentra en la humanidad, aquella que hoy en día está profundamente agazapada en el alma de cada ser humano.

Este tema también guarda mucha relación con la idea contemplada en el título de este blog, si es que conocer lo asociamos a ideas como tomar nota, saber, observar, etc. y saber a la idea que este autor lo identifica con el verbo comprender. Finalmente podríamos decir "conocer nos debe llevar a saber o comprender"

Que disfruten este escrito. 


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¿Por qué estamos donde estamos?
La vida es una interminable secuencia de bifurcaciones. La decisión que tomo, implica todas las decisiones que no tomé. La ruta que escojo, es parte de todas las rutas que no escogí. Nuestra vida es, inevitablemente, una permanente opción entre una infinidad de posibilidades ontológicas. El hecho de que estuve en un lugar determinado, en un momento muy preciso, cuando una determinada situación aconteció o una determinada persona apareció, pudo haber tenido un efecto decisivo para el resto de mi vida. Unos minutos más temprano o más tarde, o algunos metros más allá o más acá en cualquiera dirección, podrían bien haber determinado una bifurcación distinta y, por lo tanto, una vida completamente distinta. Ya lo decía el gran filósofo español José Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”.
Lo que vale para vidas individuales, es válido también para comunidades y sociedades. Nuestra así llamada civilización occidental es el resultado de sus propias bifurcaciones. Somos lo que somos, pero podríamos haber sido distintos. Revisemos, pues, algunas de nuestras determinantes bifurcaciones.
En algún momento del siglo XII, en Italia, un joven llamado Giovanni Bernardone, en verdad muy joven y muy rico, decidió cambiar radicalmente su vida. Como resultado de su transformación lo recordamos hoy con otro nombre: Francisco de Asís. Francisco, cuando se refería al mundo, hablaba del hermano Sol y de la hermana Luna, del hermano lobo y del fuego, del agua y de los pájaros y de los árboles, también como hermanos. El mundo que describía y sentía era un mundo en el que el amor no sólo era posible, sino tenía un sentido universal.
Algún tiempo después, también en Italia, escuchamos la resonadora voz del brillante y astuto Maquiavelo, advirtiéndonos que: “Es mucho más seguro ser temido que amado”. El también describe un mundo; pero no sólo lo describe, sino que lo crea.
El mundo que tenemos hoy no es el de Francisco. Es el mundo de Machiavello. Francisco fue la ruta no navegada. La navegación que escogimos fue la de Machiavello, e inspirados por él hemos construido nuestras concepciones sociales, políticas y económicas.

En 1487, otro joven muy joven, de sólo 23 años de edad, Francesco Pico della Mirandola, se prepara para defender públicamente sus novecientas tesis sobre la concordia entre las diferentes religiones y filosofías. Él se niega a enclaustrarse dentro de las limitaciones de una sola doctrina. Convencido de que las verdades son múltiples, y jamás una sola, aspira a una renovación espiritual que pueda reconciliar a la humanidad.
Algunos años más tarde, creyente fervoroso de la verdad absoluta y de las posibilidades de la certeza, Francis Bacon nos invita a torturar a la Naturaleza, para a través de esa tortura extraerle la verdad.
Dos mundos, una vez más. Uno representando la ruta que navegamos y el otro la ruta no navegada. No aceptamos el camino sugerido por Pico della Mirandola. Optamos por aceptar la invitación de Bacon y, de ese modo, continuamos aplicando su receta con eficiencia y entusiasmo. Continuamos torturando a la Naturaleza, a fin de extraerle lo que consideramos ser la verdad.
En el año 1600, Giordano Bruno arde en la hoguera, víctima de su panteísmo, puesto que pensaba que la tierra es vida y tiene alma. Todo, para él, son manifestaciones de vida. Todo es vida.
Tres décadas más tarde, murmura Descartes en sus Reflexiones Metafísicas: “A través de mi ventana, lo que veo, son sombreros y abrigos que cubren máquinas automáticas”.
No navegamos la ruta de Giordano Bruno. Escogimos la de Descartes y, de esa manera, hemos sido testigos del triunfo del mecanicismo y del reduccionismo. Para Newton y Galileo, el lenguaje de la Naturaleza es la matemática. Nada es importante en la ciencia que no pueda ser medido. Nosotros y la Naturaleza, observador y lo observado, como entidades separadas. La ciencia es la suprema manifestación de la razón, y la razón es el atributo supremo del ser humano.

Goethe, cuyas contribuciones científicas fueron injustamente opacadas por mucho tiempo, quizás por ser demasiado heterodoxas para su época, o porque parecía absurdo e inaceptable que un poeta pudiera incursionar en la ciencia, se sentía incómodo con lo que consideraba como limitaciones de la física newtoniana. Para Goethe: “La ciencia es tanto una ruta interior de desarrollo espiritual, como una disciplina destinada a acumular conocimiento sobre el mundo físico. Implica no sólo la preparación rigurosa de nuestras facultades de observación y reflexión, sino además de otras facultades humanas que puedan sintonizarnos con la dimensión espiritual que subyace e interpenetra lo físico: facultados como sentimiento, imaginación e intuición”[1].  La ciencia, como Goethe la concebía y practicaba, tiene como propósito supremo la excitación de nuestra capacidad de asombro a través de un mirar contemplativo (Anschauung), en que el científico llega a ver a Dios en la Naturaleza, y la Naturaleza en Dios.
Otra vez dos mundos. Otra bifurcación. Fascinados aún por sobrecogedor brillo de Newton y Galileo, hemos escogido no navegar la ruta de la ciencia goetheana. Sentimiento, intuición, conciencia (consciousness, Bewustsein) y espiritualidad siguen exiliados del reino de la ciencia, a pesar del surgimiento de puertas que, para ellas, se abren desde la física cuántica. La enseñanza de la economía convencional que, por increíble que suene, se considera ciencia libre de valores (value free science) es un caso conspicuo. Una disciplina en la que la matemática se ha convertido en un fin en sí misma en vez de herramienta, y que desprecia como carente de valor todo lo que no puede ser medido, ha generado modelos e interpretaciones teóricamente atractivas, pero totalmente desvinculadas de la realidad.
Johannes Brahms compuso dos conciertos para piano y orquesta. Al margen de cuál de los dos pueda gustarle más a uno, la fascinación está en el primero. De hecho, se trata de una espléndida exposición de la ruta que Brahms finalmente decidió no navegar. Nos hemos quedado para siempre con la gran curiosidad de cómo habría sido el otro Brahms.
La cosa es así. Una ruta no navegada, recordada sólo por ratones de biblioteca, y una ruta navegada a la que le atribuimos logros y éxitos espectaculares. La Universidad en particular, ha escogido las rutas de Maquiavelo, Bacon, Descartes, Galileo y Newton. En lo que respecta a Francisco, Pico, Giordano, y Goethe (el científico) han quedado como notas a pie de página de la historia.
Como resultado de la ruta navegada, hemos logrado construir un mundo en el que –como lo sugiere el filósofo catalán Jordi Pigem[2] – las virtudes cristianas tales como: Fe, Esperanza y Caridad, se manifiestan hoy en día metamorfoseadas como: esquizofrenia, depresión y narcisismo. Nuestra navegación, sin duda, ha sido fascinante y espectacular. Hay mucho en ella digno de la mayor admiración. Sin embargo, si la esquizofrenia, la depresión y el narcisismo son ahora el espejo de nuestra realidad existencial, es porque súbitamente nos descubrimos en un mundo de confusión. En un mundo de desencanto, donde el progreso se hace paradójico y absurdo, y la realidad se hace tan incomprensible que buscamos desesperado escape en tecnologías que nos ofrecen acceso a realidades virtuales.
¿Adónde hemos llegado?
Hemos alcanzado un punto en nuestra evolución humana, caracterizado por el hecho de que sabemos mucho, pero comprendemos poco. Nuestra escogida navegación ha sido pilotada por la razón, y nos ha llevado al puerto del saber.
Como tal ha sido una navegación asombrosamente exitosa. Jamás, en toda nuestra existencia, hemos acumulado más conocimiento (saber) que durante los últimos cien años. Estamos celebrando la apoteosis de la razón. Sin embargo, en medio de tan espléndida celebración, súbitamente nos asalta la sensación de que algo falta. Así es; podemos alcanzar conocimiento (saber) sobre casi cualquier asunto que nos interese. Podemos, por ejemplo, guiados por nuestro admirado método científico, estudiar todo lo que existe, desde visiones teológicas, antropológicas, sociológicas, psicológicas e incluso bioquímicas, sobre un fenómeno humano llamado amor. El resultado será que sabremos todo lo que se puede saber sobre el amor. Pero una vez satisfecho nuestro conocimiento, tarde o temprano descubriremos que jamás podremos comprender el amor, a menos que nos enamoremos. Tomaremos conciencia de que el conocimiento no es la ruta que lleva al comprender, puesto que el comprender está en otra ribera, y precisa, por lo tanto, de otra navegación. Descubriremos, entonces, que sólo podemos pretender comprender aquello de lo cual nos hacemos parte. Que el comprender es el resultado de la integración, mientras que el saber ha sido el resultado de la separación. Que el comprender es holístico, mientras que el saber es fragmentado.
Finalmente hemos alcanzado el punto en que estamos tomando conciencia de que el conocimiento (saber) no es suficiente y que, por lo tanto, debemos aprender a comprender, a fin de alcanzar la completitud de nuestro ser. Es probable que estemos comenzando a darnos cuenta de que el saber sin comprender es hueco, y que el comprender sin saber es incompleto. Precisamos, por lo tanto, emprender, por fin, la navegación hasta aquí pospuesta. Pero para poder iniciarla, debemos enfrentar el desafío de un cambio de lenguaje.
Sostenía el ya mencionado José Ortega y Gasset, que “cada generación tiene su tema”. A ello podemos agregar que, además, cada generación o período histórico está dominado, o cae bajo el hechizo de un lenguaje. No hay nada de malo en ello, siempre y cuando el lenguaje dominante de un determinado período resulte coherente con los desafíos de ese período. Lo importante de tenerse en cuenta es que el lenguaje influye nuestras percepciones y, por lo tanto, moldea nuestras acciones. Recorramos algunos ejemplos.
Durante los primeros tres siglos del segundo milenio de la civilización occidental, el lenguaje dominante tenía un contenido teleológico, en el sentido de que las acciones humanas debían justificarse en nombre de un llamado superior que estaba más allá de las necesidades de la cotidianeidad. Ello hizo posible la construcción de las grandes catedrales y de los espléndidos monasterios, donde el tiempo era un factor irrelevante. ¿Que la construcción de esta o aquella catedral iba a demorar quinientos años? ¡Y qué importa! Nadie estaba apurado. Después de todo se trataba de construir para la eternidad, y la eternidad no es tiempo infinito sino atemporalidad. Habría que alegrarse de que en esos tiempos el lenguaje de la eficiencia económica aún no se había inventado. La trascendencia estaba en el acto y no en el tiempo requerido para realizarlo. A diferencia de nuestra época eficientista en que el mérito radica en hacer lo más posible en el menor tiempo posible; el mérito de entonces radicaba en hacer lo mejor posible en el tiempo que fuera necesario. Se trataba, pues, de un lenguaje coherente con los desafíos de sus tiempos. Algo que me permite afirmar, por escandaloso que pudiera sonar hoy en día, que la inmensa mayoría de las obras inmortales creadas por la humanidad han sido producto de la lentitud y de la ineficiencia.
El lenguaje dominante del siglo XIX fue básicamente el relacionado con la consolidación del estado-nación. Los grandes discursos de líderes políticos como Disraeli, Gladstone y Bismarck son ejemplos pertinentes. Sin adentrarnos en detalles, cabe aseverar que el lenguaje dominante de aquella época fue coherente con los desafíos que esa misma época planteaba. De hecho fue el siglo XIX en el que se consolidó el estado-nación.
Es recién en el siglo XX que el lenguaje dominante es el económico; especialmente después de la Segunda Guerra Mundial. Una rápida revisión nos revela aspectos interesantes. A fines de la década de los veinte, y comienzos de los treinta, época de la así llamada gran depresión mundial, emerge la economía keynesiana. El lenguaje keynesiano es, en parte, producto de la crisis, con capacidad de interpretarla y superarla. De hecho fueron los planteamientos de Keynes que el Presidente Roosevelt favoreció para superar la crisis en Estados Unidos. Podemos afirmar que se trataba, una vez más, de un lenguaje coherente con el desafío de su momento histórico.
El siguiente cambio, en este caso de sub-lenguaje, ocurre en los cincuenta y sesenta, con el surgimiento del lenguaje desarrollista. Se trataba de un lenguaje optimista, utópico e incluso alegre. Los economistas que escribían en esos días, sentían que finalmente estaban claros los mecanismos para superar el subdesarrollo y la pobreza. Todos sentíamos, a pesar de los obstáculos provenientes de los poderes fácticos, que estaba claro lo que había que hacer. Y eso provocaba una especie de romántica euforia. No viene al caso aquí enumerar las recetas. Sin embargo, lo que cabe destacar es que aún cuando las metas que creíamos alcanzables no se alcanzaron, se dieron importantes cambios sociales y transformaciones positivas, especialmente en América Latina, durante ese período. Se trata, por lo tanto, de un lenguaje al menos parcialmente coherente con los desafíos de los tiempos.
Y finalmente alcanzamos las últimas tres décadas del siglo XX, con la emergencia del lenguaje neoliberal. Lenguaje y modelo que se han impuesto y conquistado el mundo entero. Lenguaje y modelo de contenido pseudo-religioso por su simplismo y dogmatismo, que asegura el bienestar para todos quienes respeten y se atengan a su catecismo. Lenguaje y modelo que ha dominado, y sigue dominando, un período en el que la pobreza a niveles globales se ha incrementado dramáticamente; la carga de la deuda ha aniquilado a muchas economías nacionales, generando una brutal sobreexplotación tanto de personas como de recursos naturales; la destrucción de ecosistemas y de la biodiversidad han alcanzado niveles desconocidos en la historia de la humanidad; y una acumulación de riqueza financiera en cada vez menos manos, que ha alcanzado obscenas proporciones. Los desastrosos efectos de este lenguaje, por primera vez absolutamente incoherente con los desafíos de su época, son claros y visibles para quien quiera mirar y ver. No obstante, quienes sustentan el poder y manejan las grandes decisiones, prefieren mirar hacia el otro lado y continuar aferrados a esta pseudo-religiosa mezcolanza.

Desde aquí, ¿hacia dónde?
Hemos logrado ser seres exitosos, pero incompletos. Es muy probable que sea precisamente esa incompletitud la responsable de las desazones y ansiedades que alteran nuestra existencia cotidiana en el mundo de hoy. Quizás ha llegado el momento de hacer una pausa y reflexionar.
Tenemos ahora la oportunidad de analizar con acabada honestidad, el mapa de nuestra navegación, con todos sus logros y azares, con todas sus glorias y tragedias. Completado lo cual, podría resultar apropiado desenterrar el mapa alternativo de la ruta que optamos por no navegar, y buscar allí orientaciones pertinentes capaces de rescatarnos de nuestra confusión existencial.
Quizás tendría sentido que comenzáramos a ver hermanos y hermanas a nuestro rededor. Quizás sería positivo intentar creer en las posibilidades de armonía entre distintas verdades. Quizás nos beneficiaría atrevernos a creer que la tierra sí tiene alma y que todo es vida. Quizás sería bueno aceptar que no hay razón alguna para desterrar la intuición, la espiritualidad y la conciencia del reino de la ciencia. O, para decirlo con las palabras de Goethe: “Si buscamos solaz en el todo, debemos aprender a descubrir el todo en la parte más pequeña, porque nada es más consonante con la Naturaleza que el hecho de que pone en operación en el detalle más pequeño aquello que pretende como un todo”.[3]
Nuestra apasionada búsqueda del saber, ha postergado nuestra navegación hacia el comprender. Nada debiera impedir ahora la iniciativa de esa navegación, si no fuera por una economía que, practicada bajo el embrujo del lenguaje neoliberal, contribuye a acrecentar nuestra confusión y a falsificar el propio saber.
Ninguna sustentabilidad (que por cierto requiere del comprender) acabará por lograrse sin un profundo cambio de lenguaje. Un nuevo lenguaje que abra las puertas del comprender; ello es, no un lenguaje de poder y de dominación, sino un lenguaje que emerja desde lo más profundo de nuestro auto-descubrimiento como partes inseparables de un todo que es la cuna del milagro de la vida. De lograr provocar dicho cambio, quizás alcancemos a experimentar la satisfacción de haber generado un siglo en el que valga la pena vivir.

Cabe la esperanza de una navegación hacia aquella ribera que nos convierta en seres completos, capaces de comprender la completitud de la vida.
M. Max-Neef


[1] Jeremy Naydler, “Goethe on Science”, pg.23. Floris Books, Inglaterra, 2000. Traducción del autor.
[2] Jordi Pigem, “La Odisea de Occidente: Modernidad y Ecosofía”, Editorial Kairós, Barcelona, 1993.
[3] Mencionado por Jeremy Naydler, en “Goethe on Science”, pgs. 92-93, Floris Books, Inglaterra, 2000.

viernes, 28 de febrero de 2014

LA VOLUNTAD y EL EGRÉGOR

Arcano XI del Tarot: "La Fuerza"

En esta ocasión les entrego un breve escrito, que aunque muy suscinto, bastante esclarecedor respecto al trabajo y desarrollo de la Voluntad y la relació de fuerza que se produce al unirse y conformar un grupo sobre un ideal común (Egrégor).

La autoría es de Serval, del cual ya he publicado anteriormente.

Que lo disfruten





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Ninguna enseñanza tiene sentido si no provoca en el estudiante un cambio conductual. La voluntad individual debe sintonizarse con la Voluntad Superior. El ser humano está  llamado a transformarse y transformar lo que le rodea. Para ello ha sido dotado de ciertos elementos como la voluntad al bien y la buena voluntad.
La disciplina iniciática tiene por objeto desarrollar la voluntad al bien y la conexión con la voluntad superior.
En el Arcano XI [véase lámina del inicio] encontramos a una joven en actitud serena y relajada, quien sujeta el hocico de un león, manteniéndose este tranquilamente sentado.
El significado fundamental de esta lámina es la fuerza de voluntad, la capacidad de conseguir lo que una persona se propone.
Sobre la cabeza de la joven se suele representar el símbolo del infinito. En este caso, quiere significar el dominio del astral, el conocimiento de la afectividad. Sin embargo, esta afectividad no es emocionalidad, puesto que la joven aparece es una actitud de serenidad.
Para conseguir un propósito determinado debemos reunir tres cosas fundamentales:
1.     Tener claro y definido el objetivo a conseguir;
2.     Tener el sentimiento que impulse a perseverar en el objetivo establecido;
3.     La acción resultante de los dos factores anteriores, el aprovechamiento de las oportunidades que se presenten para llevar a cabo lo que se quiere.
Para que la fuerza actúe en forma correcta y nos lleve a lo que se desee, debe aplicarse con discernimiento, en forma inteligente y perseverante.
TODA PERSONA TIENE VOLUNTAD. Es una cualidad inherente al ser humano. Solamente debemos distinguir que hay fuerzas de voluntad dirigidas, desarrolladas y otras no desarrolladas.
Además podemos distinguir dos tipos de voluntad:
a)     Voluntad Inferior
b)    Voluntad Superior
La Voluntad Inferior se refiere a lograr aquellas cosas que se refieren a la Personalidad; provienen de ella. El profano sólo satisface a ésta, no dejando que la Voluntad Superior se manifieste, lo que lleva a la vanidad, el empecinamiento, el egoísmo, etc.
La Voluntad Superior consiste en sentir influencias cada vez más sutiles que nos llegan de un nivel superior, en la forma de Fuerzas.
Para que la Voluntad Superior se manifieste en nosotros, es necesario:
1.     Estar consciente que en nosotros existe una individualidad, un "Yo Superior".
2.  Observarse a sí mismos para que de este modo nos demos cuenta que en nosotros coexisten varios "yoes". En la persona no entrenada, cada "yo" tiene su propia voluntad y la resultante de todos sus deseos es la Voluntad que generalmente se tiene. Por eso los individuos cambian tan a menudo de propósito, ya que proviene de la falsa personalidad. A medida que un propósito logra mayor profundidad se vuelve más esencial, se convierte en un propósito sin palabras.
3.  Generalmente, se ve a la Voluntad como algo negativo, como una resolución empecinada, porque vemos la Voluntad como una cosa que se ha de ejercer contra otra. Asociamos la Voluntad a resistencia. La Voluntad ordena, une, por eso crea algo nuevo, contiene nuevas posibilidades. No hay contradicción, no hay negación. Tiene que ver con la certeza de que es posible una solución y con cierta clase de paciencia activa y cierta confianza en que la situación presente, no resuelta actualmente, tendrá solución.
4.     La clave está en encontrar el significado nuevo. Darse cuenta de que la Voluntad es deleite antes que privación.
5.     Se necesita sinceridad interior, realmente aspirar a lo Superior, querer dejar lo que somos actualmente, la falsa personalidad. Tener un objetivo que se encuentre sobre lo que somos actualmente.
La Voluntad Superior proviene de lo alto, no de la vida y su nivel de intereses. Si una persona no tiene esto en perspectiva, no tiene oportunidad alguna de atraer esta voluntad; lo cual sucede cuando dejamos de ser egoístas, de auto-admirarnos, va más allá de los prejuicios, de la vanidad.
La voluntad Superior ignora todo lo del mundo externo, las cosas y personas captadas por los sentidos, no proviene de lo superior.
La voluntad es una fuerza y como tal tiene tres características que la determinan:

  • ·        Magnitud (medida o intensidad de la fuerza)
  • ·        Sentido
  • ·        Dirección
 
Efectos:
a     a)     Efecto directo: canalizando toda la fuerza en un solo punto y en forma directa.
b    b)  Efecto de carambola: la fuerza se aplica a varios puntos a la vez, por lo que llega con menor intensidad; el efecto es menor. Sí uno aplica la fuerza de voluntad a varias cosas a la vez, la magnitud de ella es menor
Debemos perseverar para mantener la magnitud de la fuerza el tiempo suficiente. Debemos tener claro el objetivo para aplicar la fuerza en el punto apropiado y darle el debido sentido y la correcta dirección.
Una de las mayores dificultades para conseguir algo es el problema que la persona no entrenada, no consciente de sí, tiene ese conjunto de "yoes" y cada uno tiene propósitos distintos. Uno puede decir "quiero comer esto" y otro puede decir "no debo comer eso". Finalmente triunfa el más fuerte o el propósito común a la mayoría de los yoes.
Debemos tomar conciencia que tenemos que transformar los viejos hábitos inconscientes por otros conscientemente determinados. Para ello podemos empezar a actuar con pequeños esfuerzos diarios, pequeñas cuotas. La perseverancia en ello nos llevará a construir nuevos hábitos. Trasladar una montaña de piedras puede parecemos algo muy complicado, pero podemos hacerlo piedra por piedra y pronto nos encontraremos con la montaña trasladada. Recordemos el cuento de Gulliver y los liliputienses. Estos últimos eran seres muy pequeñitos que aprovecharon el hecho que el gigante estaba dormido para atarlo. Lo hicieron con unos hilitos muy finos, pero les dieron tantas vueltas que finalmente lo consiguieron y el gigante con toda su fuerza no logró liberarse. Los liliputienses tuvieron paciencia, perseverancia, claridad de objetivos y confianza en sí mismos.
Tener confianza en sí mismo es un requisito fundamental para desarrollar la voluntad. Esta confianza puede irse adquiriendo precisamente a través de esos pequeños pasos, de pequeñas acciones que nos llevan a pequeños triunfos. Así veremos que vamos siendo capaces de obtener lo que nos proponemos y tendremos cada vez más confianza para emprender tareas mayores. Esto permitirá tener mayor motivación en lo que hacemos, mayor afectividad, mayor corazón, lo que es otro requisito para tener voluntad disciplinada.
Procuremos no compararnos con los demás, porque puede desanimarnos sin fundamento. A veces se observa que una persona en pocos minutos puede desarrollar con mucha facilidad una tarea. Creen muchas personas que pueden hacer otro tanto y al intentarlo, fracasan. Esto es porque no han comprendido que para que la otra persona llegue a esa maestría ha requerido un trabajo perseverante de muchos años. Nadie puede llegar a esa perfección si no ha perseverado paso a paso, si no ha pasado por muchos fracasos. Una persona que no se ha dado ese esfuerzo, sin ello no puede llegar a conseguirlo. Pero tengamos presente, que todos pueden llegar a una maestría si se persevera el tiempo suficiente en cada cosa. La comparación debe ser consigo mismo. Observar si esta semana estamos consiguiendo más que la semana anterior. Entonces estamos avanzando. La persona que tiene maestría en algo no nació con esa cualidad, la conquistó a través de un esfuerzo dirigido. Vemos una vez más que la explicación de las cosas está en lo invisible, en lo que no se aprecia a simple vista. La causa de las cosas está más allá de nuestra primera impresión. Esto es una actitud esotérica. Esoterismo no es intelectualizar, sino comprender y practicar esta enseñanza.

Adiós ―dijo el zorro― He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos. ―Lo esencial es invisible a los ojos― repitió el principito, a fin de acordarse.[1]
 
La imaginación es una facultad que apoya la voluntad. Con ella podemos anticiparnos en el tiempo y visualizar el objetivo propuesto ya conseguido y con ello impregnar al subconsciente con esta idea. Esto permitirá mantener nuestro esfuerzo y aprovechar cada oportunidad que se nos presente para conseguirlo. Podemos también escribir los objetivos y cada día leerlos para grabarlos en nuestra mente. Imaginando lo que queremos, el subconsciente lo acepta como real, porque esa es la forma en que capta las cosas, entonces se va a cumplir inevitablemente lo que se quiere. La mente debe aceptar la idea que es capaz de conseguir lo que se ha propuesto. Esta convicción, esta certeza en que se puede conseguir lo que se desea, si se persevera en ello, si se actúa con disciplina, con un ritual, es lo que nos da la serenidad. Nace una seguridad en sí mismo. Por esto, la joven de la lámina actúa con seguridad, con tranquilidad y serenidad. Sabe que puede conseguir lo que se ha propuesto.
El último aspecto que podemos estudiar en esta ocasión es que la unión hace la fuerza. Si se junta un grupo de personas para conseguir un objetivo, aumenta la rapidez con que pueden conseguirlo. Puede ser cualquier propósito. Un grupo de personas deportistas puede reunirse y formar un club. Con la acción conjunta conseguir equipamiento y terreno para hacer sus actividades. Un grupo de personas que siente deseos de ayudar, puede agruparse en una institución de servicio y aumentar así su acción, conseguir la cooperación de la comunidad para estos objetivos.
Ahora si la persona tiene objetivos más espirituales, más trascendentes, entonces puede agruparse para estudiar y desarrollarse. O mejor aún, integrarse a algún grupo de desarrollo real que posea un guía espiritual que haya realizado los objetivos deseados. En este caso es posible entonces incrementar enormemente la capacidad de evolucionar. Pero además hay una gran diferencia en este tipo de grupos.
Existe una "forma" mental, un '‛sentimiento'‛ grupal, formado por la suma de los pensamientos y sentimientos de los integrantes. Esta "forma" grupal se une a través del espacio y tiempo con todos los maestros y grupos que trabajan en lo mismo o que trabajaron en ello. Esto naturalmente, si el grupo es realmente un grupo de desarrollo espiritual y si tiene a lo menos un guía espiritual. Hay nombres muy hermosos, estatutos con palabras hermosas, puertas muy bellas y macizas, pero que no conducen a ninguna parte. Es sólo letra.
Los integrantes se alimentan de esta forma grupal. Si sus objetivos coinciden con los del grupo, entonces resuenan con esta ’‛forma" y se produce una conexión que une a través de toda una cadena que trasciende el espacio y tiempo. Además, como son objetivos conformes a las Leyes y Principios Universales, hay un alimento con el Todo, con la creación, con la divinidad. De allí que sus integrantes al participar de una reunión en la cual comparten los objetivos, salen completamente fortalecidos.
Pero sí hay personas que no comparten sinceramente un deseo de superación, de aprender, de perfeccionarse, de amar, de servir, entonces no entenderán nada. Sólo verán lo externo. Entonces se les mostrarán las cosas y no verán, se les hablará y no oirán. Son como ciegos y sordos, y por lo tanto, terminan separándose. Sólo quien sinceramente abre su corazón y es humilde, puede avanzar y llegar a construir su destino y encontrar el cielo. Sólo quien comprende que necesita de los demás, que necesita servir lo superior, que se requiere buscar la unidad y la unión podrá avanzar a gran velocidad y transformarse en un superhombre, en un ‛‛mago'‛ como lo indica la página l del Libro del Tarot. En resumen, tenemos que la unión hace la fuerza si la fuerza es la de la Unidad.

 Esta fuerza unitaria, esta '‛forma'‛ mental de un grupo iniciático real se llama "egrégor". Veamos un poco lo que esto significa.
Un conjunto de personas que tienen objetivos comunes y mantienen ciertas relaciones internas entre sí, constituyen un grupo. Si este grupo se reúne regularmente, inspirado en estos objetivos, va formando poco a poco un sentimiento grupal. Este sentimiento o ‛'espíritu‛‛ grupal está formado por la suma de los pensamientos, deseos, ideales, sentimientos, etc., de los integrantes del grupo. Si el grupo se reúne y trabaja en forma sistemática, esta ‛'forma‛‛ grupal va adquiriendo fuerza y vitalidad. Comienza a hacerse tan real que puede ser sentido de alguna forma por los integrantes. Este sentimiento grupal adquiere así una característica definida. De allí que podamos denominarla "forma'‛ grupal. Cada integrante aporta algo de su energía "psíquica'‛ para su formación y esta adquiere así, entonces, existencia. Se produce una interacción entre esta "forma" y los integrantes. Cada miembro del grupo la alimenta con sus pensamientos y deseos, y a la vez se estimula por la presencia de este sentimiento grupal. Las características de esta forma grupal serán más o menos positivas o negativas, según los pensamientos y deseos de los integrantes. Cuando un nuevo miembro se incorpora al grupo, se sentirá más o menos cómodo en él según sea su modo de pensar y sentir. Si su manera de ser está en general acorde con el espíritu grupal, se sentirá bien. Si no es así, deberá adaptarse o irse.
En los grupos con objetivos espirituales, esta forma puede adquirir nuevas e importantes características. Si sus directivos tienen los objetivos bien claros y definidos, si tienen siempre presente los principios de la organización a la cual pertenece, si tienen en cuenta las Leyes Universales y si actúan conforme a todo esto, entonces podrán hacer un trabajo consciente para la creación de una forma grupal que reúna las siguientes características:
1.     Estar provisto solamente de cualidades y pensamientos positivos (evolutivos), y
2.     Estar conectado con las jerarquías superiores o con formas superiores más altamente evolucionadas.
Serval




[1] “El Principito” de Antoine de Saint-Exupery

domingo, 16 de febrero de 2014

ESTO ES LA MASONERÍA

A continuación una conferencia dedicada a las mujeres, en una tenida blanca del Triángulo Armando
Quezada Acahrán, de Rión Bueno, República de Chile.
Esta conferencia se publicó en la "Revista Masónica de Chile" Nº 7 Septiembre de 1938. Órgano Oficial, en ese tiempo, de la Gran Logia de Chile (R.E.A.A.).
Aunque es una aproximación muy básica, general y sutil, a la Masonería, sirve para aquellos que aún esta enseñanza permanece en la más completa de las penumbras.
También es importante consignar que el Rito con el cual trabaja la Gran Logia de Chile (Rito Escocés Antiguo y Aceptado: R.E.A.A.) no contempla logias o centros de instrucción igual en hombres y mujeres, haciendo participar a éstas últimas en las "tenidas blancas" (abiertas) y en "Logias de adopción", en las cuales sus miembros se abocan especialmente a labores sociales en la comunidad.
Sin embargo, también es necesario aclarar que existen otras Agrupaciones Masónicas, en los cuales los dos sexos si trabajan en conjunto y con la misma enseñanza y profundidad. Ejemplo de ello tenemos a la Gran Logia Mixta de Chile y el Rito de Memphis y Misraim, entre otros.

Espero que sirva.

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Queridas hermanas:
En una ocasión anterior, cuando tuvisteis la bondad de concurrir a nuestra reunión, os dije, que gran parte de las logias masónicas ponen como condición al ingreso de un profano casado, la de que cuente con el consentimiento de su cónyuge. Os expuse, que tal medida era de elemental prudencia, dado que la masonería es unas de las instituciones más perseguidas en el mundo por las calumnias de los ignorantes y por los ataques injustificados de sus enemigos. En tales condiciones, agregué, es de lógica suponer, que alguna vez pudiera ocurrir, que alguna mujer se sintiera intranquilizada al tener, casualmente, conocimiento de que su marido pertenece a esta institución tan perseguida.
Nosotros, que ante todo, respetamos a la mujer y deseamos la tranquilidad, la paz y la felicidad del hogar de los hermanos, estimamos, pues, indispensable que la mujer sea sabedora de los pasos dados a este respecto por su marido.
Pero no es éste sólo el motivo de la exigencia que formulamos, sino que de ella se desprende, al propio tiempo, una consecuencia, que es, en cierto modo, una ventaja egoísta para nosotros. Es bien sabido que el interés por cualquier asunto, tomado al principio con cierto entusiasmo y ardor, suele decaer paulatinamente, cuando faltan estímulo e iniciativas para su prosecución. Seguramente, por ejemplo, que no hay para el eclesiástico nada más desconcertante, que la falta de asistencia de los fieles a sus ceremonias. Para el conferencista debe ser deprimente hablar ante sillones vacíos. Para el político ha de ser, desesperante estar en una reunión de propaganda, desierta de sus adeptos. Nosotros, a nuestro turno, vemos naturalmente con desagrado la falta de concurrencia de los hermanos a nuestras reuniones; vemos que, por causa de esta inasistencia los hermanos se van distanciando poco a poco de la fraternidad y se pierden para la institución.
Esta pérdida de entusiasmo, este distanciamiento de elementos y de acción, es arma que fácilmente esgrimen los enemigos en nuestra contra, como si ella no se volviera, en ocasiones, también contra ellos mismos. Con cierta apariencia de razón dicen que las logias y la idea masónica en general no son suficientemente fuertes para retener en sus filas a individuos que ingresaron a ellas, manifestando entusiasmo e interés por la causa.
Esta pérdida de interés y de entusiasmo de algunos de nuestros adeptos, es lo que vosotras podéis fácilmente contrarrestar. En vosotras deben encontrar vuestros maridos el mejor estímulo y consejo para frecuentar reuniones de hermanos, de las que,— así lo esperamos por lo menos―— vuelvan a sus hogares y a sus labores cotidianas, más alegres, más felices, más satisfechos e idealistas.
Y para que vosotras, queridas hermanas, podáis y queráis, con amor, prestar este servicio, que de vosotras esperamos, es menester que os demos a conocer algunos detalles de la historia, del objeto, de los fines y de la idealidad de nuestra sublime institución. Aún a riesgo de repetir lo que vosotras ya conocéis, quiero en esta ocasión referir algo de lo mucho que debe conocer la mujer sobre nuestra institución.
Pero antes de hacerlo, quiero repetir, lo que ya en anterior ocasión os manifesté: la masonería no es una institución secreta. Todas sus obras pueden ser públicas y perfectamente publicadas. Nada hay más fácil y accequible a la pesquisa, que la masonería; sus actas, sus documentos, sus reglamentos y sus estatutos, pueden ser exhibidos sin ningún inconveniente a cualquiera autoridad pública, o a cualquier persona que pueda tener un interés legítimo en ello. Por lo demás, hay bibliotecas enteras que tratan de esas cosas. Lo que no aceptamos es la divulgación inmotivada de nuestras obras, acciones y prácticas, a personas que para ello no tienen otro interés que el de la mofa, de la burla o de la vulgar curiosidad. En este sentido la masonería es reservada. La caridad que hacemos y la acción social que practicamos, no la publicamos a campanadas y a todos los vientos. Cumplimos al respecto con el mandamiento divino: que la mano izquierda no sepa, lo que hace la derecha.

Historia.
El nombre de la masonería y las formas actuales de la institución; son relativamente nuevos. La causa que abrazamos y defendemos es antigua. En todos los tiempos y en todos los pueblos ha habido individuos que, es cierto que aisladamente, pensaban y obraban en forma correspondiente a nuestro ideal masónico. Esos individuos, contrarios a todo fanatismo, al chauvinismo, contrario a toda división de clases sociales, consideraban y amaban a toda la humanidad como hermanos, se preocupaban de los derechos del hombre y amparaban especialmente ·a los desheredados de la fortuna. Los más cayeron mártires de sus opiniones. Allí están para demostrarlo los filósofos Pitágoras, Sócrates y Platón; allí están los profetas Jeremías y San juan Bautista; allí está Jesucristo; allí están los Apóstoles como San Pedro; allí están los investigadores Giordano Bruno, Galileo, etc.
Hombres de esta naturaleza, para escapar de las persecuciones de que eran víctimas en su época, buscaron asilo en ciertas corporaciones que gozaban de privilegios y la confianza de las autoridades. Fueron especialmente las sociedades de los arquitectos, constructores, albañiles y picapedreros, los que recibieron en su seno esta verdadera inyección de ciencia y de idealismo, al aceptar a estos obreros del ideal, a estos labradores en obras inmateriales. Estas corporaciones de arquitectos y de constructores estaban especialmente en auge en Inglaterra, en la época de las grandes construcciones de Iglesias y Catedrales. Ellas se denominaban "logias", lodges, Logen, y sus afiliados se llamaban "masons", masones, Maurer, (albañiles). Los idealistas científicos afiliados a esas instituciones los llamaron "accepted masons”, masones aceptados, angenommene Maurer.
'Terminadas las grandes construcciones en referencia, especialmente las de Londres, los obreros manuales dejaron de concurrir a las reuniones, y siguieron solos los "aceptados", manteniendo en sus reuniones muchas de las costumbres de los arquitectos y constructores, eso sí que dándoles a esas prácticas ritualísticas no ya un carácter material, sino un tinte idealista, simbólico.
Siguieron `reuniéndose en los restaurantes de costumbre, y denominándose con el nombre del respectivo restorán.
En 1717, en la noche del 24 de junio, conducidos por el conocido predicador Anderson y por el famoso naturalista Desagulieres, se reunieron cuatro de estas logias y fundaron una Gran Logia. Este es el origen de la francmasonería en su forma actual, sociedad que, como veis, lleva algo más de doscientos veinte años de vida.
Organización y desarrollo.
Fundando nuevas logias en todas partes, en el transcurso de estos dos siglos, la masonería Se extendió por el mundo entero. El miembro de cualquiera logia es aceptado sin ninguna dificultad en cualquiera logia del Orbe, de manera que el miembro activo de una logia, de cualquiera nacionalidad, idioma, religión, credo político o raza que sea, encuentra en todas partes donde vaya, grupos de hermanos y amigos, dispuestos a prestarle los auxilios y servicios que necesite.
En este sentido la masonería es una sola y universal institución y sus miembros todos se reconocen y tratan como hermanos.
Aunque la institución es universal, ella, en la práctica, está organizada en forma tal, que todas las logias del territorio de un determinado país están sometidas a la jurisdicción de una Gran Logia, la Gran Logia de dicho país, la que se gobierna con absoluta independencia de cualquiera autoridad, dentro de su territorio. No hay ninguna autoridad suprema y extraña o universal de la masonería, que tenga jurisdicción sobre las Grandes Logias o sobre alguna de las Grandes Logias de los diversos países. Dicha Gran Logia nacional, repito, es la única autoridad sobre las diversas logias de su territorio, autoridad absoluta, autoridad independiente. Hay, en· cambio, territorios en que existen varias Grandes Logias independientes entre sí, como ocurría en Alemania, antes de la clausura oficial de las Logias, en cuyo país había siete Grandes Logias, que se repartían entre sí la jurisdicción sobre todas las logias alemanas, siendo todas ellas independientes entre sí.
En Chile, existe la Gran Logia de Chile desde el año 1862. Ella es el único poder legislador de la masonería simbólica de Chile y tiene bajo su jurisdicción más o menos setenta logias, con más o menos seis mil afiliados.
Además de las logias existen algunos organismos masónicos, que no alcanzan a. formar número suficiente de miembros para reunirse en logias, y que se denominan "triángulos” masónicos (Freimaurer—Kraenzchen), como lo es el nuestro de Río Bueno. Todos estos triángulos aspiran y deben propender a convertirse en logias a la brevedad posible.
El Jefe de cada Gran Logia es elegido por representantes de las diversas logias de ella dependientes y se llama Gran Maestro. El Jefe de una Logia, elegido por ella, se llama Venerable Maestro, y el Jefe de un triángulo, también elegido por sus miembros, se llama Presidente.
Ahora preguntaréis vosotras: ¿Cómo es universal la masonería si no tiene una autoridad general, universal, central?
Repito, no tenemos tal autoridad. Nos une únicamente, universalmente, el ideal común, el principio universal.

Objeto y fines de la masonería.
¿Cuál es ese ideal común, unificador, universal?
En una palabra puede resumirse, diciendo: humanizar a la humanidad. Conducir, guiar, a la humanidad hacia su mayor perfeccionamiento, tanto en el sentido cultural, como en el sentido físico, como en el material, en el moral o ético.
Ese es nuestro principio común.
Ese es nuestro ideal universal.
Esa es nuestra única autoridad central. En ese ideal descansa, a falta de otra autoridad, nuestra unidad armónica y fraternal.
La realización, o por lo menos la persecución de ese ideal, demanda de nosotros una doble labor; una individual y una social.
La labor individual consiste en impregnar o infiltrar, por decirlo así, a todo individuo que se alista en nuestras filas, de una conciencia completa y perfecta de su responsabilidad para conservar la pureza de su nombre, para cumplir las obligaciones que tiene en la sociedad humana, para extremar las que tiene con su País, para cultivar las que tiene con su familia. El masón a estos respectos debe ser hombre sin mácula, de carácter leal, fiel padre de familia, altruista miembro dela sociedad en que vive, patriota ciudadano.

Suponemos a cada masón un individuo creyente. Sus ideas y creencias particulares no las influenciamos en forma alguna, ni exigimos cuenta de ellas. Pero si exigimos respeto a la Divinidad, al Creador, Regulador y Legislador de todo cuanto existe. Con este "liberalismo religioso", no somos ni tratamos de ser, en forma alguna irreligiosos, ni arreligiosos, ni indiferentes. Al contrario: en este punto exigimos que cada cual cumpla con sus particulares deberes.
En esto está, precisamente, el mérito de la masonería: en este "liberalismo” en varios sentidos. Hombres separados en el mundo profano por creencias religiosas, por doctrinas políticas, por diversidades raciales, por diferencias de clases, que por estas causas llegan a combatirse allá, aquí se reúnen y congregan en santa armonía, guardándose mutuo respeto, y amándose los unos a los otros fraternalmente.
Esta es la base de nuestra labor social. En esta forma tratamos de humanizar a la humanidad. Comenzamos por nosotros mismos, seguimos por nuestras familias, nuestras relaciones sociales, nuestra nación, para, en esta forma de círculos concéntricos, por decirlo así, llegar a abarcar fraternalmente a la humanidad entera.
No pretendemos borrar fronteras, no queremos abolir nacionalidades, ni es nuestro ánimo demoler razas, no queremos destruir iglesias, ni suprimir religiones, ni dar fin con el patriotismo nacional. Pero queremos que, a pesar de todas estas diferencias, haya una sola humanidad fraternal.
Dentro de nuestras logias estimulamos y tratamos de fortificar estos sentimientos, para propagarlos en seguida en el mundo profano. Porque cultivamos estas ideas dentro de lo apacible de nuestros templos, y porque no salimos con ellos a las calles a gritos, se nos caricaturiza, se hace escarnio y burla de nosotros y se nos pide que obremos a puertas abiertas. No habría para ello, como ya lo dije, ningún inconveniente, ya que tenemos plena conciencia de la bondad de nuestra obra. Pero no lo hacemos, ni lo haremos. Primero, porque nuestros trabajos, en la forma que los realizamos, no tiene ningún interés, sino para aquéllos que intiman el espíritu masónico. No tienen interés para el grueso público novedoso. Segundo, porque es precisamente en la tranquilidad y apacibilidad de nuestros hogares reservados, en donde radica la intimidad y la confianza con que mutuamente nos tratamos, y en donde exponemos libremente nuestras opiniones sobre estos puntos. Lo que aquí pensamos, tratamos y hablamos, lo hacemos sin ostentación, sin vanidad: con tranquilidad. Lo hacemos en absoluta confianza y con amor fraternal, y eso tiene naturalmente mejor éxito que si lo hiciéramos en público, con los consiguientes discursos, llenos de retórica y de efectos oratorios, para que agradara al vulgo.
Así armados, enviamos a nuestros adeptos al mundo, a luchar allá, individualmente, y sobre todo con el ejemplo, por los sanos principios que sustentamos.
No es, pues, como veis, queridas hermanas, el entusiasmo de fiestas, lo que aquí nos reúne, no es la demanda de entretenimientos, ni el propósito de lucros personales.
No es la masonería fuente de pasatiempos, sino de austero sacrificio. Es obra que exige la consagración completa de toda una vida de aquél que quiere luchar en beneficio del mejoramiento de la humanidad.
Si vosotras, compenetradas de lo que os he expuesto, os pusierais de nuestro lado en esta magna obra, consagrareis a ella parte de vuestro interés, y estimulareis a vuestros maridos e hijos para perseverar en ella, habríais hecho grande y meritoria obra, en beneficio de vuestros propios hogares, de nuestras logias, de nuestra. Patria y dela .humanidad entera.
Gracias por vuestra concurrencia y por la atención que habéis, prestado.
 C. S. R.