sábado, 28 de enero de 2017

EL SER HUMANO, UN HIJO DE DIOS



Desde muy antiguo el ser humano ha pensado que tiene una influencia divina en su vida, un nexo que lo une con el Creador.
En nuestros días, el avance de la ciencia y la tecnología es tan grandioso que las personas se encuentran tomando decisiones y actuando sobre acontecimientos que, desde hace miles de años hasta unas décadas atrás, eran considerados milagros o tareas o tareas que sólo podían cumplir seres divinos o Dios.  Ejemplo de esto son las experiencias genéticas en que, a pesar de los errores que se pueda cometer, ya se pueden producir transformaciones en los procesos de concepción y fecundación; se puede viajar por el espacio; se pueden salvar vidas humanas que prácticamente ya se habían perdido; se pueden crear nuevas variedades de productos, plantas y animales, es decir, se puede una provocar una intervención en los reinos mineral, vegetal, animal e incluso humano.

Sin embargo, el desarrollo espiritual no parece ir con la misma aceleración.
La base de las Escuelas de Desarrollo, a través de los tiempos, es que esa potencialidad que tiene que igualarse a su Creador puede ser incentivada con distintos trabajos y prácticas.
En la vida cotidiana podemos ver cómo se desarrollan algunas personas de manera asombrosa; otras, con estímulos similares, permanecen sin reaccionar de manera positiva. De estos sabios que desarrollan sus potencialidades, surge el motor de la historia. Los grandes avances científicos, tecnológicos y sociales, se los debemos a quienes salen del rebaño y se atreven a crecer y desarrollarse, cualquiera sea la circunstancia que les toque vivir.
En cambio, diariamente somos “bombardeados” por noticias negativas por los distintos medios de comunicación. Y lamentablemente, esta realidad también existe y, peor aún, es la mayor parte de la humanidad la que no figura en la historia positiva.
El ser humano, siendo la criatura más avanzada de la creación (al menos en este planeta), comete aberraciones increíbles contra la naturaleza, el entorno y él mismo. ¿Por qué esta paradójica situación?
  Nos cabe la duda, ¿cómo es que siendo tan perfectos como especie, teniendo la herencia divina de ser semejantes al Creador, teniendo la posibilidad de manejar ciertos procesos dignos de los dioses, podemos actuar de manera tan inconveniente, destruyéndose día a día? Y más aún que lo considere normal.
¿Cómo es el ser humano en esencia? Pensamos que no es “intrínsecamente perverso” como planteaba Nietzsche. Y tal vez tampoco es Dios, aunque tiene el derecho de reclamar el título de “hijo de Dios”, aunque todavía no lo haya logrado plenamente.
El ser humano al poseer un relativo libre albedrío, tiene la posibilidad de elegir el camino que seguirá. Hay una dualidad en él. Potencialmente lo es todo, pero ese desarrollo debe lograrlo mediante la acción. Y es de esta acción organizada que nos hablan los numerosos libros sagrados de todas las épocas y lugares, las antiguas filosofías, las escuelas iniciáticas, la moderna psicología.  

¿De qué depende que estos títulos se consigan? Del desarrollo interno y de los caminos que se elijan para desarrollar las actitudes, habilidades y potencialidades presentes en cada ser.
Este derecho a ser llamado y reconocido como "hijo de Dios" tiene un precio, lo mismo que todas las otras cosas en la vida. Los primeros pasos consisten en saber cuál es el precio de lo que queremos y decidirnos a pagarlo si nos gusta lo bastante nuestra meta.
El ser un “hijo de Dios”, como se estudia en teología, es una meta tal vez demasiado amplia para que la abarque nuestra imaginación. Pero, no necesitamos saber todo lo que el término comprende en su totalidad. Podemos partir definiendo qué es lo más elevado que podemos imaginar para nosotros mismos y para quienes nos rodean. Pues bien, eso tan elevado será para nosotros EL IDEAL. Esto es lo que debemos buscar y reproducir en nuestras vidas.
Podríamos llamarlo “conciencia de los planes sutiles” y diríamos que tienen existencia real. Más es la base de lo que ya existe. Todo ha sido creado primero en los planos superiores.
El ser humano busca algo más que lo puramente fisco. Especula sobre lo religioso, sobre el infinito, sobre lo eterno. Esto sólo puede ser posible si tiene algo de infinito y eterno dentro de sí. Todos nosotros tenemos esta conciencia interna, este mundo ideal que tal vez por no haber sido visto jamás físicamente, pensamos que no podría realizarse en nosotros.
El precio de ser llamados “hijos de Dios”, o superhombres, estará dado por desarrollar la potencialidad de llevar a la realidad medible aquello que imaginamos en nuestros ideales. En otras palabras… EL PODER DE REALIZACIÓN.
Desde la antigüedad que se habla de una “Alianza” de Dios con el hombre. El significado de esto es un compromiso de servir a · la divinidad para que se manifieste a través de nosotros. A cabio de esto, tendremos todo lo que pidamos en la vida.
El poder de realización es la manifestación de una idea altruista, de una idea superior (espiritual) a través de nosotros.
¿Cómo lo conseguiremos? El hombre debe realizarse constantemente, manifestándose. Debe obrar conscientemente de acuerdo a un Propósito. Una técnica que guarda relación con esto, es aquella que indica: “Actuar como si…”, en otras palabras: actúa como si hubieras conseguido tu propósito. Nunca podremos ser más de lo que nuestros pensamientos son. Somos el resultado de lo que pensamos, ni más ni menos.
En esencia, somos un ALMA ESPIRITUAL, una fuerza, una energía que se manifiesta a través de la forma física que poseemos. Pero, no somos conscientes de ello en forma plena. Mucha gente cree que es la forma física, con todos sus defectos y cualidades. Y esta forma ha estado determinada por un medio ambiente no elegido, por programas que impregnan la mente subconsciente que eligieron otras personas. Y de acuerdo a estos programas mentales se actúa.
Una persona que suele decir: “yo soy enferma de los nervios”, efectivamente tiene su sistema nervioso afectado. Lo que incluso puede evidenciarse con instrumentos de diagnóstico clínico. Su error quizás partió al decir “yo soy…eso”. Eso es simplemente la causa de una actitud mental errada, y esta actitud obedece a la forma que otros condicionaron. Hay que entender que la opción es nuestra. Podemos decidir si observamos esa forma o la cambiamos, corrigiéndola. Si se corrige la forma de reaccionar, también se corrigen las manifestaciones, en este caso, la neurosis. 
La técnica “actúe como si…” está basada en todo lo anteriormente expuesto. Si yo no soy esa forma con la cual hasta ahora he fracasado, puedo elegir otras más propicias donde manifestarme.

El actuar positivamente, el hacer las cosas como si ya se hubiera conseguido el mayor éxito de la vida, creará el canal de expresión de lo positivo dentro de sí. De lo contrario, aunque se tuviere lo que se anhela, no podría expresarse en la vida física.
Hay personas que han recibido grandes oportunidades materiales y espirituales y como no tenían en canal de expresión formado, perdieron al poco tiempo lo ganado. Por el contrario, si está la forma, esta actitud positiva hará que se manifieste en la realidad nuestro objetivo por la ley de coherencia. Todo lo que es afín, se atrae.
Actuemos como si ya tuviéramos aquello que deseamos, juguemos a representarlo muchas veces en la imaginación y luego en lo físico, hasta que nos familiaricemos con ello y, con el trabajo constante que lo respalde, seremos merecedores de lo que pedimos.
Para quien crea en esta “alianza divina”, en esta potencialidad latente en todo ser humano, tal vez sea un poco difícil representar siempre el papel de perfecto hijo de Dios. Es un precio alto, pero el premio también es el mayor que se puede aspirar en esta Tierra.
Posiblemente fracase muchas veces, pero como el fracaso es parte del aprendizaje, deja una buena lección que puede ser asimilada con éxito. Así el camino se va haciendo más fácil.
Y llegamos a la conclusión final que siempre será más fácil vivir representando el “mejor papel” que podamos imaginar para nosotros aquí en la Tierra, que el papel de mediocre. Es más fácil ser altruista que egoísta, positivo que negativo, tener buenos sentimientos que malos sentimientos. Porque esa es la ley universal.
ALV

miércoles, 18 de enero de 2017

LA CIENCIA Y LA RELIGIÓN



El ser humano ha tenido una curiosa evolución en cuanto a la confiabilidad que le ha dado el conocimiento obtenido.
En la antigüedad, cuando no lograba explicarse el porqué de los fenómenos materiales que le rodeaban, recurría al sacerdote, el cual tenía un estudio mucho más acabado acerca de la naturaleza que las personas comunes y corrientes. Este le daba una explicación en la que abundaban las iras, alegrías, y otras emociones de una gran cantidad de dioses y diosas, y algunos otros seres invisibles para el común de los mortales. Sus movimientos provocaban todas aquellas manifestaciones a falta de una explicación más razonable.
Sin embargo, el antiguo sacerdote conocía algunas causas. Era una persona con conocimientos superiores a aquellos que le rodeaban. Y si no daba una explicación más lógica de los fenómenos que preocupaban a la gente, era simplemente porque ellos no lo habrían comprendido. De nada hubiese servido la energía gastada por el sacerdote en explicar. Con que bastaba la confianza que a la gente le merecía, para que la gente creyera o no en sus explicaciones.
El tiempo fue pasando y, desafortunadamente, ya no todos los sacerdotes tenían un gran conocimiento de las causas y de las cosas que sucedían. El ser humano evolucionó y necesitó que las explicaciones fuesen más racionales. Ya no bastaba la confianza en el sacerdote. Y en alguna ocasión puso darse cuenta que las explicaciones no le satisfacían y además contradecían a las conclusiones que había llegado por medio únicamente racionales.
Más adelante, en la historia, el sacerdocio negó incluso a admitir que otros hombres sin la dignidad del sacerdocio habían llegado a adquirir un profundo conocimiento, que incluso les sobrepasaba; con lo cual se llegó hasta a amenazar por esto.  Ejemplos de esto son los conocidos casos de Galileo y Copérnico en los siglos XV y XVI, también, más reciente, podemos sumar a Darwin con su revolucionaria teoría de la evolución de las especies.
Estas discrepancias hicieron que poco a poco se fuera produciendo un divorcio entre la ciencia y la religión, que ha sido la tónica prevalente en los últimos tiempos.
La balanza se cargó hacia el otro extremo, y sólo se le dio importancia y veracidad a las cosas que fueron científicamente comprobables, dejando totalmente de lado cualquiera otra posibilidad de conocimiento. Sin embargo, esto fue posible mientras se estudiaban las cosas más al alcance de nuestros sentidos, las más cotidianas, por ejemplo: ¿Por qué cae una manzana?, ¿a qué se deben las mareas?, ¿cómo funciona la electricidad?, etc.
Mientras se trató de este tipo de preguntas todo estuvo bien. Pero de repente al ser humano se le ocurrió buscar causas en lo muy pequeño y llevó su atención a la realidad atómica; y en lo muy grande, observando el mundo astronómico. Se encontró con la sorpresa que las respuestas, en algunas ocasiones, obedecían a otra lógica, a otras aristas del conocimiento de las cuales no había conocido antes.

Aprendió, por ejemplo, que el universo que podemos captar con nuestros sentidos es muy limitado, determinado por la propia limitación de los sentidos. Se dio cuenta que es mucho más lo que puede concebir mentalmente que lo que puede llegar a comprobar científicamente. Miró a su alrededor y se preguntó por el punto de vista de los otros animales. Una hormiga, por ejemplo, es posible que camine por nuestra mano tranquilamente y jamás notará que estamos ahí. Y si la cambiamos de lugar no podrá explicarse la naturaleza de este cambio. Así también, nosotros somos ciegos a una gran cantidad de fenómenos que nos ocurren y que están más allá de nuestras posibilidades de explicación.
Tomemos otro ejemplo. Los fenómenos paranormales (clarividencia, precognición, telepatía, psicoquinesis, por nombrar los más conocidos, científicamente podemos demostrar que existen; pero no podemos buscar su causa científica, porque el método científico no nos permite llegar más allá.
Si miramos fuera de nuestro planeta, nos encontramos con que el universo se extiende hacia todos los lados indefinidamente hasta donde alcanzan nuestros instrumentos más poderosos; y de ningún modo se ve atisbo de terminar. Nosotros somos sólo los habitantes de un planeta más bien pequeño en un sistema solar mediocre, de una galaxia también mediocre.
Y así, poco a poco, nos vamos acercando nuevamente a la fe. Nuestros instrumentos no os permiten conocer lo más pequeño, por ejemplo, la exacta ubicación y constitución del átomo. Sólo tenemos algunas teorías a este respecto. Tampoco nuestros instrumentos no nos permiten conocer la estructura del universo. Es demasiado grande y no nos permiten captar toda su inmensidad.
Pero, nuestro entorno tampoco lo podemos conocer. Hay una cantidad bastante apreciable de fenómenos que podemos usar, pero cuya exacta naturaleza se nos escapa de las manos. Y ¿nuestro organismo, lo podemos conocer con exactitud?  Tampoco, hay una gran cantidad de funciones de las cuales no sabemos cuál es su mecanismo.
Tal vez, si quisiéramos alcanzar un mayor conocimiento, deberíamos obtenerlo mediante la intuición. Al parecer nuestra evolución lo está demostrando. Es algo para ser largamente meditado.

ALGUNAS FRASES PARA SER MEDITADAS:
1.            Las propiedades que aparecen y desaparecen en el curso del análisis de la síntesis, no son siempre una sencilla adición o sustracción de las propiedades de los cuerpos componentes. De esta forma, las propiedades del oxígeno y del hidrógeno no permiten prever lo del agua que resulta de su combinación.
2.       Hemos aislado y estudiado las múltiples células del organismo vegetal y animal. Pero, ¿de dónde ha venido el encanto de la flor, su color, su perfume? ¿De dónde proviene el canto del pájaro y la inteligencia del ser humano?
3.            El niño que rompe su locomotora con el fin de ver cómo funciona, aplica el mismo método analítico que el químico, el físico o el biólogo.
4.            El alma, ha dicho alguno, no la he encontrado nunca bajo mi bisturí. Nadie duda de ello. Pero, tampoco se encontrará la voz de Caruso sobre un disco tratado de la misma manera.
5.         Imaginad un pulgón. ¿Qué idea puede hacerse este insecto de las grandes leyes que gobiernan su vida? Estará forzado a admitir la existencia e cataclismos periódicos que influyen sobre el desarrollo de su especie, pero por estar dotado de una visión pequeña e imperfecta, no ha visto nunca y no puede concebir de ninguna manera al ser humano. Y será incapaz de establecer la relación directa entre la destrucción y la fumigación de un jardinero.
6.              La escala de la observación es quien crea el fenómeno.
7.      La luz amarilla en sí misma no tiene ningún color. Este concepto es enteramente subjetivo. La misma observación se aplica a todos nuestros sentidos.
8.            ¿Quién podría afirmar que una ley científica será válida dentro de cien mil millones de años?