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El tema tratado es muy importante no sólo en la doctrina masónica, sino que en la mayoría de las Escuelas o Colegios Iniciáticos, e incluso en la vida cotidiana; ya que el fuego es representa muchas ideas, conceptos, sentimientos, y así ha estado, desde el principio de los tiempos, firmemente arraigado a la evolución de nuestra especie. De igual manera pertenece al grupo de los cuatro elementos, o los cuatro estados de la materia, según lo ve la ciencia hoy en día. (estado radiante).
Leánlo y espeor que le pueda sacar el máximo provecho.
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Es
de dominio general que el individuo obra por los impulsos de sus sentimientos.
Pueden éstos variar debido a múltiples influencias que, impresionando
mayormente en la percepción logran nuevos razonamientos que, a su vez,
incorporados a la personalidad del individuo logran en él nuevas y muy variadas
formas de acción y procedimientos. Dicho esto, así, en forma tan comprimida,
podemos concluir que el individuo es un receptor de impresiones de infinitas variedades
y sintonías, y apto, en consecuencia, para los más imaginarios escudriñamientos.
Los
símbolos que nos ofrecen horizontes tan abundantes de sugerencias, no hay duda,
que podrán afectar en distintos grados nuestra percepción y activarnos el deseo
de escudriñarlos, para lograr de ellos cuanto más de su sabiduría. De esta
manera, podemos concordar con los autores que han expresado que, las verdades
no están tan profundamente ocultas como pudiera suponerse, puesto que ellas,
generalmente han estado y están bien a
la vista; más si muchos no las advierten será, tal vez, porque ellas están
expresándose en símbolos y alegorías. Bien ha estado entonces, la imaginación
de los que, han dicho que, "cuando la raza humana aprenda a leer el
lenguaje del simbolismo, un grande y espeso velo caerá de los ojos de los
hombres".
De
los aspectos expuestos puede concluirse que, cada hombre tiene su propio mundo
y vive en derredor de su pequeño universo, siendo el rey y señor de las partes
que lo constituyen. Es por eso que es interesante el punto de vista que
considera el cuerpo del hombre como un templo viviente; de aquí que los templos
antiguos estaban delineados esquemáticamente, de acuerdo con el cuerpo humano.
Esto se dice que es comprobable a través de los planos del santuario de Karnak
y otros. Del mismo modo, los lugares de iniciación eran copias del cuerpo
humano y los rituales en las distintas cámaras, simbolizaban ciertos procesos
que tienen lugar en el cuerpo humano.
Manly
P. Hall, dice: "La Masonería es un excelente ejemplo de una doctrina que
transmite, mediante ceremonias, el secreto de la regeneración del alma humana,
que es en gran parte un problema fisiológico y biológico. Por esta razón, la Orden
está dividida en dos partes: la Masonería especulativa y y la operativa. En el
Templo de la Logia, la Masonería es especulativa, porque la Logia es solamente
un símbolo del organismo humano, y la Masonería operativa es una serie de
actividades místicas que tiene lugar dentro del organismo físico y espiritual
de aquellos que han asumido sus obligaciones".
Con
estas referencias, bien puede estimarse lo importante de una enseñanza contenida
en un sistema simbólico, al cual el masón debe reservarle su espíritu avezado y
paciente, para extraer la sustancia de la expresión del símbolo que representa
siempre un contenido indefinidamente extensible.
Parece,
pues, no existir duda, que el elemento Fuego infunde un gran poder operativo en
la conciencia del individuo ya que su
poder expresivo, además de manifestarse a través del sentido objetivo de la
vista, se manifiesta también en otras de las realidades convincentes que este
posee; esto es en lo sensitivo. De tal manera, que no sólo ve a este elemento, sino
que, lo siente en sí mismo. Este hecho nos coloca en un terreno de comprensión
fácil para apreciar el por qué su poderosa influencia ha obrado desde los tiempos
primitivos en la conciencia del hombre, venerando al elemento Fuego sobre todos
los demás. Por eso, Hall dice: "Hasta el salvaje más inculto llega a
reconocer en la llama, algo que estrechamente se parece al fuego sutil y volátil
que arde en su propia alma. No podía analizar la energía del Fuego, misteriosa,
vibrante, radiante, porque estaba más allá de su capacidad, pero, sin embargo,
sentía su poder. El hecho de que durante las tormentas, el Fuego descendía en
rayos poderosos del cielo, abatiendo los árboles y causando destrucción de toda
clase, hizo que los hombres primitivos reconocieran en su furia, la ira de los
dioses".
La
mente primitiva, especialmente en el período neolítico, deificó el fuego.
Aunque esta concepción del fuego, desde nuestro actual punto de vista es burda,
ella tuvo gran influencia en la evolución de los principios morales,
espirituales y místicos, aceptados actualmente por muchas de las grandes
religiones del mundo, incluso la cristiana.
Por
su parte, los grandes filósofos, han colocado también el Fuego, en el primer lugar
entre los elementos, considerándole, en cierto modo, como el principio de la
vida en el mundo. Tal vez, por esto, Hall dice: "Las Escuelas de Misterios
del Antiguo Egipto enseñaban que la sangre era el vehículo de la conciencia. El
espíritu del hombre se movía con la corriente sanguínea y, por lo tanto, no se
encontraba en ningún punto particular del organismo. Se movía en el cuerpo con
la rapidez del pensamiento, de manera que la conciencia del yo, el conocimiento
de lo externo y la percepción sensorial podía ser localizada en cualquiera
parte del cuerpo, mediante el ejercicio de la voluntad. Los iniciados consideraban
la sangre como un líquido misterioso, algo gaseoso por naturaleza, que sería
como medio de manifestación del fuego de la naturaleza espiritual del hombre.
Este fuego circulando por el sistema, animaba y vitalizaba todas las partes de
la forma, manteniendo así a la naturaleza espiritual en contacto con todas sus
extremidades físicas. Los místicos, consideraban el hígado como la fuente del
calor y del poder de la sangre. De ahí que sea significativo que la lanza del
centurión hiriera el hígado del cuerpo de Cristo y que el buitre fuera colocado
sobre el hígado de Prometeo, para atormentarlo durante las edades”.
Innumerables
referencias, pues, nos dicen que el elemento Fuego ha perdurado en los siglos
de los siglos y ha vibrado en la conciencia de los hombres, haciéndoles sentir
su existencia y sugerente poder.
En
la época en que el hombre descubrió el fuego, ya había comenzado a evolucionar
desde la primitiva forma de vida hacia un estado más elevado, que la ciencia
llama Era Neolítica. En ese tiempo el hombre comenzó a alejarse de las
corrientes de agua, de sus escondites y se estableció en los farellones y esta
época se ha denominado la era troglodita. El viento, el aire y finalmente el
fuego se convirtieron aquí en los grandes ayudantes de su vida y el hombre, fue
desechando los lugares arenosos, el agua y los sitios bajos. Ya no se ocupaba
tanto en combatir las bestias, sino que con un poco más de seguridad, se
aprestaba a combatir los vientos y otros azares de la vida; así se ocupaba en
preparar más cuidadosamente las armas de piedra. Con la creciente habilidad de
usar la piedra pulida en una forma inteligente, el hombre se convirtió en
constructor. Esta fase de la evolución del hombre, a menudo esta simbolizada
por la piedra cúbica parcialmente pulida. A esta época siguió rápidamente otra
en la que fue posible hacer uso de los metales por el descubrimiento del fuego,
y por ello, a menudo se la denomina la Edad de Bronce. En ella comienza el
hombre a hacer instrumentos agudos, cuchillos y otros artefactos: aquí el
hombre hizo entonces grandes progresos en su civilización. Al sentirse más
seguro, fue eliminando lentamente el miedo a la oscuridad y a lo invisible, que
lo convertía en un esclavo mental; así entonces con el advenimiento de la era de
los metales se produce un cambio decisivo en el desarrollo mental del hombre, porque
el uso que ya pudo hacer de ellos en las distintas formas le permitió
libertarse de la actitud indefensa y temerosa que poseía antes; encontró el
modo de proteger su morada y ya no se preocupó de vivir separado de sus semejantes,
gradualmente construyó cabañas y las colocó en grupos, s1endo este el origen de
los caseríos y aldeas; domesticó animales; comenzó a labrar la tierra con los
artefactos metálicos que podía hacer. Luego experimentó inspiración hacia
tendencias que le ayudaron a formular leyes definidas y reglas relacionadas con
el uso y el abuso de la propiedad de cada uno; así nació una forma de derecho y
orden. Aquí se encuentra el verdadero comienzo de esta civilización, que
coincide con la liberación del hombre del miedo que lo dominaba y con el
despertar de la confianza en sí mismo; estas cosas no afectaron solamente su existencia
física y material, sino que la conciencia de su alma, la evolución de su personalidad,
todo lo cual fue causa para que empezara a comprender ciertos principios fundamentales.
El
descubrimiento del fuego, no sólo tuvo un efecto activo en la vida del hombre,
sino que también
afectó su vida pasiva y pacífica; este es tal vez el efecto
más importante. El fuego fue usado para dar calor, para trabajar los artículos
de metal y para cocer la comida; esto permitió que el hombre pudiera hacer de
su morada un lugar más permanente por su agradabilidad, que le proporcionaba un
lugar abrigado, que lo invitaba o le brindaba la oportunidad de hacer funcionar
su mente pensando, meditando y estudiando, es claro que, en una forma
primitiva. Así pues, el hogar se convirtió en el primer templo del hombre en el
plano terrenal. El cambio que todo esto produjo en la vida del hombre, tuvo
como resultado la liberación de la mujer de las faenas del campo y del bosque,
en las que tenía que estar al lado de su compañero. Por la dificultad de hacer
el fuego, fue necesario mantenerlo siempre ardiendo, tarea ésta que fue confiada
a la mujer, quien se convirtió en guardián del hogar; ella usaba el fuego en la
preparación de las comidas y otras cosas, mientras el hombre trabajaba en el
campo. El hombre consideró el fuego como una cosa sagrada por su importancia en
la casa, por lo misterioso de su origen, por el calor, por lo agradable de su
luz y, por el casi sagrado ambiente que producía, casi llegó a adorarlo y en
una etapa de su evolución lo utilizó, como símbolo de adoración. De este modo,
la evolución mental del hombre y los conocimientos de su alma se desarrollaron
con un amor y una admiración casi sagrados por el fuego.
Todo
esto, constituye un ciclo completo en la evolución del hombre, un ciclo que
dejó una impresión indeleble en sus tres estados; el anímico, el físico o
corporal y el social o político. Las impresiones y los efectos elementales y
fundamentales que este ciclo dejó en el hombre, no podían ser eliminados, sino
modificados lentamente; en lo profundo de su conciencia residía un amor y una
admiración por las cosas que una vez fueron para él, tan sagradas en su existencia
como lo son ciertas cosas hoy en día. De aquí que la propia conservación, el dominio
de los elementos materiales y sus peligros, el deseo de construir y poseer una habitación
segura, el amor al descanso y a la meditación, la paz del calor del hogar en el
atardecer, se han convertido en elementos fundamentales de la evolución del
hombre, tanto en el sentido físico como en el sentido espiritual. Conforme el
hombre se ha ajustado físicamente a esas condiciones elementales y conforme
cada una de ellas ha hecho que la naturaleza afecte el medio ambiente y el
cuerpo del hombre, así ellas han influido en el conocimiento de su alma y ha
ido aprendiendo a reverenciar esas cosas fundamentales como símbolos de su
progreso.
Los
humanos siempre experimentamos una consideración especial por aquellas cosas o
estados que se relacionan íntimamente con nuestras vidas. La forma como las consideremos
depende únicamente del efecto que ellas causan en nosotros. Si es algo que nos
daña o parece amenazarnos, nuestra actitud es de respeto o de miedo. Toda la ferocidad
que le atribuimos está expresada en la idea que de eso nos hayamos formado. Si
lo que el hombre primitivo tenía era intangible, como las fuerzas invisibles, su
imaginación las concebía como si tuvieran formas grotescas. Esta es la razón se
dice, por la cual los ídolos e imágenes que representan las temibles fuerzas de
la naturaleza, tenían un aspecto tan
horrible. Inversamente, lo benévolo era representado por algo poderoso y a la
vez agradable. Así entonces, en los pueblos primitivos, los elementos de la
naturaleza estaban representados por dos características diferentes: una feroz
y otra benévola. Ellos se dieron cuenta de que el fuego, por ejemplo, unas veces
los ayudaba en su bienestar y otras, cuando estaba fuera de control, aparecía como
un vengador.
Algunos
autores manifiestan que hace unos cien mil años, la Humanidad, físicamente, era
la misma en toda la superficie de la tierra. La Humanidad, pues, agregan, no
había experimentado la dispersión y separación que fue el origen de las
diferentes razas. Antropológicamente clasifican al hombre de esa época como el
tipo de hombre de Neanderthal; su conciencia era todavía extremadamente
elemental. Esta fase espiritual de su evolución estaba realmente comenzando;
desde el punto de vista físico, es decir, en cuanto a las apariencias, su
aspecto era el de un animal medianamente inteligente. Tenía muy pocos o ninguno
de esos refinamientos del carácter o de sentido moral que hoy atribuimos a la
personalidad del individuo evolucionado.
Debido
a los cambios climatéricos que experimentaba la tierra, se dice que la Humanidad
se dividió en dos grandes grupos; uno de ellos emigró hacia la zona de hierbas
que bordeaba la parte norte de la península de Arabia y la parte Este del
Mediterráneo, zona esta que los historiadores han llamado "La Gran
Medialuna Fértil", a causa de su forma. De esta rama de la Humanidad es de
donde descienden los pueblos semíticos y las civilizaciones de los babilonios y
caldeos y los antecesores de los judíos. El otro grupo, más tarde, se dispersó
por Europa y Asia, extendiéndose en una línea desde Inglaterra, a través de las
estepas de Rusia, hasta el Norte de la India; estos hombres siguieron la línea
de los pastos del Norte y llevaron sus rebaños de una región a otra. Estos
grupos se cree que han tenido al principio una lengua común, creencia que se
basa en la relación que guardan entre sí ciertas palabras del inglés, el latín,
el alemán, el griego y el persa. Las tribus del Norte se separaron cada vez
más, sus dialectos se hicieron tan diferentes, que casi no se entendían unos a
otros, ni recordaban su origen común. Muchas tribus del Norte vinieron a
asentarse en la región Este del Mar Caspio, que era un área muy fértil, por lo
que hubo gran prosperidad. Algunas de esas tribus que adoptaron el nombre de
Arios, domesticaron por primera vez el caballo, lo usaron para montar y para
tirar los carros; este grupo de hombres se dice que era altamente inteligente y
de gran vuelo de imaginación, y, aunque todavía no sabían leer ni escribir, el
despertar de su conciencia se asegura estaba muy avanzado. El principio
fundamental de su religión era la buena conducta, hacer el bien y vivir con
rectitud.
Para
este pueblo, el fuego era el símbolo de una fuerza divina; por lo tanto, era un
elemento importante en su religión primitiva. El fuego era reverenciado por
ellos en la misma forma que los cristianos reverencian hoy la cruz latina, como
un símbolo. Como consecuencia de esto, los Arios desarrollaron ritos y
ceremonias en las que el fuego representaba un papel muy importante. Erigieron
grandes altares donde se mantenía un fuego perpetuo; tenían sacerdotes cuya
única misión era cuidar el fuego.
Ahora,
situados en el año mil antes de Cristo, se dice que nació en la península de Irán
uno a quien se conoce con el nombre de Zoroastro, quien creyó que su pueblo necesitaba
urgentemente una religión que los preparara mejor para las tribulaciones y
pruebas de la vida. Concluyó que los hombres estaban luchando consigo mismos y con
dos fuerzas en su medio ambiente, una buena y otra mala. Zoroastro creyó que mientras
dominara la buena, el hombre estaría seguro de su felicidad; así es que
procedió a deificar el bien, mejor dicho, el principio del bien se convirtió en
dios para él. A este dios le dio el nombre de Ahura-Mazda, que significa Señor
de la Sabiduría. Adoptó de las antiguas costumbres de su pueblo, el símbolo del
fuego, que ellos tenían cuando residían en la región del Mar Caspio. El fuego se
convirtió en el símbolo de Ahura·Mazda; representaba la chispa divina dentro
del hombre; particularmente representaba la luz de la comprensión que llega a
aquellos que siguen el bien. El fuego, por lo tanto, fue el símbolo terrenal de
lo divino.
Por
otra parte, las fuerzas del mal estaban personificadas por un ser a quien Zoroastro
denominó Ahrimán; este Ser era el equivalente de Satán. La concepción hebrea de
Satán, como ser de las tinieblas y del mal, se dice fue tomada de la religión de
Zoroastro. Estos conceptos religiosos hicieron que el hombre escogiera
necesariamente como camino que debía seguir en su vida, entre el bien y la luz,
por una parte, y el mal y la tinieblas por la otra. Se dice que estos conceptos
religiosos altamente avanzados se
extendieron por las tribus de medos y persas, después de muchos sinsabores y de
ilusiones de su expositor Zoroastro.
En
los templos de los adictos de Zoroastro, siempre había el fuego perpetuo sobre los
altares como símbolo de la Luz y la Bondad divinas. Todas las religiones
avanzadas de hoy continúan relacionando la luz, en sentido simbólico, con la
divinidad y con la sabiduría.
Los
antiguos griegos eran descendientes de los pueblos indoeuropeos, en especial de
las tribus de los pastos del Norte, de las cuales descendían los Arios. En la
antigua Ática o Grecia, el hogar fue venerado por que contenía fuego. Para los
griegos, Hestia era la diosa de la llama sagrada. En su mitología, era ella la
que tenía por obligación cuidar el fuego. En cada comunidad de Ática, esto es,
en cada sala comunal, había un hogar consagrado a Hestia, la diosa del fuego
sagrado; era el ornamento principal de esos edificios; el fuego del hogar era
perpetuo. El fuego para los nuevos templos y para las nuevas habitaciones debía
encenderse allí. El hogar era el sitio en donde se practicaban los ritos y se
tomaban los juramentos. En algunos países del mundo occidental se conserva
todavía la costumbre de celebrar la ceremonia del matrimonio ante el hogar de
la casa. El hogar era también un asilo, es decir, un sitio de refugio para todo
aquel que estuviera en peligro; si
alguno se postraba como suplicante ante el hogar, se le concedía la inmunidad;
nadie se atrevía a tocarlo. Esto quería decir que se había entregado a la misericordia
de la divinidad y de la diosa que estaba simbolizada por las llamas del hogar
y, por lo tanto, los hombres debían prestarle socorro.
Por
otra parte la diosa romana de la llama sagrada fue conocida con el nombre de Vesta;
era una
perpetuación de la antigua diosa griega Hestia. En la antigua Roma cada
casa tenía un hogar que se denominaba "Focus"; se le llamaba así
porque en realidad era el punto focal de la vida de la casa; en cada comida se
arrojaban en él trozos de alimentos como una oblación u ofrenda sagrada para
agradecer las bendiciones recibidas. Las comidas eran servidas en largas mesas
ante el hogar. El fuego no era adorado en sí; era solamente un símbolo de luz y
de sabiduría.
En
el Foro romano se erigió un gran templo a la diosa Vesta; allí había únicamente
una llama ardiendo perpetuamente.
Ante
todo lo expuesto, puede verse cómo la evolución gradual de la conciencia del hombre
lo capacitó para que encontrara en la naturaleza aquellos elementos, como el fuego,
con los cuales podía formar un símbolo para expresar los estímulos que comenzaba
a sentir dentro de sí.
Son
abundantes las referencias que existen acerca del elemento fuego, con las expuestas
y con el dominio que todos vosotros tenéis sobre este elemento, nos es dable apreciar
su inmenso valor sugerente a través de los Rituales y de la naturaleza humana.
La imagen del símbolo establece punto de contacto con la conciencia objetiva y
no se puede dudar entonces que, la o las sugerencias del símbolo penetren en el
entendimiento humano, dándole el
comprensible significado de su expresión alegórica.
Hay
autores que han reunido al elemento fuego, en tres grandes grupos, diciendo: "Estos
son los tres Fuegos: el de la Divinidad, el de la Humanidad y el Diabólico. Y los
tres están encerrados en la humana naturaleza".
El
Fuego de la Divinidad: es éste el fuego venerable que nos da vida a todos y a todo;
es su calor regulado amorosamente el que constituye —en opiniones vertidas por eminentes
y eruditos autores— el espíritu del hombre, expresándolo como un pequeño anillo
de fuego incoloro que emite rayos centelleantes y que por un proceso muy difícil
y por lo tanto imposible —por lo menos para mí— de analizarlo de manera clara y
tangible, esos rayos construyen cuerpos en torno de ese germen central informe,
gobernándolos mediante ondas de energía que no puede ser estimado como otra cosa
que lo que llamamos vida.
Ahora
el Fuego de la Humanidad; es el que nos da la clara luz de la razón que ilumina
la mente, el que vivifica con su calor regulado sabiamente las virtudes adormecidas,
y, en suma, el que alienta al bien en el mayor grado que sea capaz de asimilar el
ser humano.
Y,
por último, el Fuego Diabólico; es el abrasador y quemante que logra fundir las
virtudes y las transforma en falsas joyas, las cuales no son otras que el odio,
la lujuria, la envidia, el rencor, la crueldad e innumerables más.
Analizados,
o mejor dicho, expuestos así tan
brevemente estos tres fuegos, es posible entonces concebir racionalmente este profundo
concepto que expone Hall: "En realidad el Reino de los Cielos está dentro del
hombre mismo, mucho más completamente de cuanto nos podamos imaginar. Y así
como el cielo está en su propia naturaleza, así también la Tierra y el Infierno
se encuentran igualmente en su constitución, porque los mundos superiores
circunscriben e incluyen a los inferiores, y la tierra y el infierno están incluidos
dentro de la naturaleza de los cielos”. Como hubiera dicho Pitágoras: "Lo
superior y lo inferior están incluidos dentro del área de la Esfera Suprema. Y
así todos los reinos de la naturaleza terrestre: minerales, vegetales, animales
y su propio espíritu humano, están incluidos dentro de su cuerpo físico".
Esta
es, tal vez, la interpretación terrena que más racionalmente pueda ser aceptada
sobre el principio anterior, porque, en todo ser humano y en cualquier momento
del tiempo y de la vida, uno u otro de esos fuegos estará manifestándose como
potencia dominadora dentro del hombre mismo, y no sabemos por qué designio
parece que en el gran número de los humanos es el fuego diabólico y ardiente el
que caldea con llama satánica las pasiones y los odios que invaden a la
Humanidad. No obstante, nos alienta aunque sean minoría, hay gran número
también que en perseverante acción contienen en sí mismos el fuego sutil que les
está vivificando las virtudes de lo noble, lo amoroso y del infinito bien. Este
es el Fuego que contiene nuestros Rituales, el que en uno de los viajes
simbólicos de la Iniciación no nos quema, sino que nos hace sentir su sublime
calor, mostrando en tal forma a nuestra comprensión la cantidad justa y
necesaria del fuego que debemos mantener en nosotros mismos, para alimentar la
vida de las virtudes y para purificar lo innoble.
Depositarios
que somos del fuego y situándonos frente a tan trascendente y sugerente
símbolo, presente en el Altar de nuestros Templos como la expresión de la parte
creadora y espiritual y como representación de la luz de la comprensión que cada
uno de nosotros buscamos, hemos de hacer votos porque el Fuego de la Humanidad
logre alentar realmente nuestros sentimientos en nuestra fraternal unión y con efectos
de la mayor superación en las virtudes.
A.
R. M.
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