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sábado, 2 de junio de 2018

LA PALABRA PERDIDA

Este que publico corresponde íntegro al capitulo XXXI del libro "El simbolismo francmasónico" de
Albert G. Mackey (1807-1881), quien fuera estadounidense, doctor en medicina, y especialmente un respetado y reconocido autor de libros y artículos sobre la Masonería. 

Espero que lo disfruten





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El  último  símbolo,  cuya  existencia  depende  de  un mito y al cual vamos a dedicar nuestra atención, es el de la Palabra Perdida, y su busca. Este símbolo es el más a propósito para terminar nuestras investigaciones, ya que abarca dentro de su esfera a todos los demás, siendo en sí la esencia misma de la ciencia del simbolismo masónico.
Para apreciar debidamente los demás símbolos es necesario  conocer  el  origen  de  la  Orden,  porque  ellos deben su creación a su relación con instituciones semejantes y anteriores a la Francmasonería; pero el simbolismo de la Palabra Perdida tiene relación exclusiva con el designio y objetos de la institución.
Definamos primeramente el símbolo, que después estudiaremos su interpretación.
La historia mítica de la Francmasonería refiere que hubo un tiempo en que existió una Palabra de valor inestimable que era venerada profundamente. Pocos la conocían y, con el tiempo acabó por perderse, siendo substituida por otra; pero, como la filosofía masónica enseña que no hay muerte sin resurrección, ni decaimiento sin  restablecimiento  posterior,  síguese  de  este  principio que la pérdida de la Palabra implica su recuperación.
En esto consiste el mito de la Palabra Perdida y de su búsqueda.  No  tiene  importancia  el  saber  cuál  era  la Palabra, ni cómo se perdió, ni conocer la que la substituyó, ni cuando se recuperó, porque todos estos hechos tienen un valor secundario que, si bien son necesarios para conocer la historia legendaria, no son imprescindibles para poder comprender su simbolismo. El único detalle del mito en que debemos fijarnos en el curso de su interpretación es la idea abstracta de la existencia de una palabra perdida y su recuperación posterior.
Tal es el objetivo a que hemos de dirigir los pasos durante nuestra investigación.
Pero, refiriéndose en este caso el simbolismo únicamente al gran objeto de la Francmasonería, parece lógico dedicarse primeramente al estudio de la naturaleza de este objeto.
¿Cuál es, pues, el objeto de la Francmasonería? La mayoría de sus discípulos llegan con excesiva precipita- ción a la conclusión de que es la caridad, en su sentido elevado, porque tienen en cuenta tan sólo los resultados prácticos, las nobles caridades que dispensa, las lágrimas de  viudas  que  enjuga,  los  lamentos  de  huérfanos  que acalla, las necesidades múltiples de desamparados que cubre.
Otros, recordando las placenteras reuniones de los banquetes, el trato franco que en ellos se alienta y las solemnes obligaciones de confianza mutua que se inculcan de continuo, creen que la Francmasonería tiene por objeto único el fomento de los sentimientos sociales y la fortificación de los lazos de amistad.
Aunque en las conferencias modernas se nos dice que el Amor Fraternal y la Caridad son "las dos principales doctrinas de la profesión francmasónica", también aprendemos   en   ellas   que   la   verdad   no   es   menos importante; la verdad en sentido estrictamente filosófico, en cuanto se opone a los errores y falsedades intelectuales y religiosos.
Pero ya hemos demostrado que la Francmasonería primitiva de los antiguos se fundó con objeto de conservar la  verdad  originalmente  comunicada  a  los  patriarcas  en toda   su   integridad,   y   hemos   visto   también   que   la
Francmasonería espúrea, o sea, los Misterios, nacieron de la necesidad sentida por los sabios, filósofos y sacerdotes de volver a encontrar la verdad perdida. También hemos expuesto que esta misma verdad continuó siendo el objeto de la Francmasonería del templo, constituida al verificarse la unión del sistema primitivo o puro con el espúreo. Y, por último, hemos tratado de demostrar que esta verdad se relacionaba inextricablemente con la naturaleza de Dios y del alma humana.
Nosotros creemos que el objeto y el designio de la Francmasonería especulativa es la búsqueda de esta ver- dad. Desde que empieza sus estudios masónicos se en- camina al aspirante, por medio de símbolos significativos y enseñanzas expresivas a la adquisición de esta verdad divina; cuya lección se expone ampliamente en las leyendas y mitos del grado de Maestro.
Dios y el alma-la unidad del primero y la inmortalidad de la segunda-son las dos grandes verdades, cuya búsqueda constituye la ocupación constante de todo francmasón, de tal modo que, cuando se encuentran, se convierten en la piedra angular, o piedra fundamental del templo espiritual-"la casa no edificada con las manos”-que él está erigiendo.
Esta idea de la búsqueda de la verdad es tan importante en la ciencia francmasónica, que no encontramos respuesta mejor a la pregunta: "¿Qué es la Francmasonería?" que decir que es una ciencia que tiene por objeto buscar la verdad divina.
Pero la Francmasonería es, sobre todo, un sistema de simbolismo, y todas sus enseñanzas se expresan por símbolos. Por lo tanto, no podemos creer que careciera de simbolismo una idea tan importante como ésta la cual constituye, como hemos dicho ya, el objeto fundamental  de  la  institución,  de    modo  que  puede  adoptarse  para definir su ciencia.
Por lo tanto, la Palabra es para nosotros el símbolo de la verdad divina; y todas sus modificaciones su pérdida, substitución y recuperación, no son sino partes componentes del símbolo mítico, que representa la búsqueda de la verdad.
¿Cómo, pues, se ha conservado este simbolismo? ¿De qué manera ha de interpretarse la historia de esta Palabra para que todos sus accidentes de tiempo, lugar y circunstancia, tengan relación patente con la idea sustantiva que se ha tratado de simbolizar?
Las respuestas a estas preguntas abarcan quizás la parte más intrincada, ingeniosa e interesante de la ciencia masónica del simbolismo, el cual se puede interpretar en sentido general o particular.
En sentido general abarca toda la historia de la Francmasonería, desde su nacimiento hasta su consumación. La búsqueda de la verdad es el epítome de la evolución intelectual y religiosa de la Orden, que comenzó cuando las multitudes se sumergieron en las profundas tinieblas  morales  donde  parecía  haberse  extinguido  el fuego de la verdad, a consecuencia de la dispersión de Babel.
Entonces, se perdió el nombre de Dios; dejóse de comprender   su   verdadera   naturaleza,   olvidáronse   las divinas lecciones de nuestro padre Noé, corrompiéronse las antiguas tradiciones y se pervirtieron los antiguos símbolos. La carroña del sabeísmo había enterrado a la Verdad, y los cultos idolátricos del sol y de las estrellas habían substituido al antiquísimo del verdadero Dios.
Tinieblas morales esparciéronse sobre el haz de la tierra, cual nube impenetrable y densa, que obstruía los rayos del sol espiritual y cubría al pueblo con el tétrico paño mortuorio de la noche intelectual. Pero esta noche no podía  ser  eterna.  Apuntaba  otra  brillante  aurora,  y,  en medio  de  tanta  obscuridad,  quedaban  aún  unos  pocos sabios cuyo sentimiento religioso les incitaba a buscar la verdad con avidez. Hasta en aquellos tiempos de tinieblas intelectuales y religiosas existieron obreros que buscaban la palabra perdida y que, aunque no pudieron lograr lo que se proponían, se aproximaron tanto a ello, que el resultado de su búsqueda podía simbolizarse de una manera relativamente satisfactoria por la Palabra Substituida.
La multitud idólatra perdió la Palabra, asesinó al Constructor y suspendió las obras del templo espiritual. De modo que, al perder de vista la existencia divina, fue desvaneciéndose cada vez más su conocimiento de Dios y de la religión pura que les enseñara Noé, terminando por caer en un grosero materialismo y en la idolatría.
Así es como se perdió la verdad -la Palabra, -según se dice, o empleando las palabras de Hutchinson modificadas en relación con el tiempo, "podría decirse que, en esta situación,   se perdió la guía del cielo, y fue muerto el Maestro-jefe de las obras de la rectitud. Las naciones se entregaron a la más grosera idolatría; y el servicio al verdadero Dios se borró de la memoria de los que cedieron al dominio del pecado".
El anhelo que sentían los filósofos y sacerdotes de los misterios antiguos o Francmasonería espúrea por descubrir la  verdad,  les  indujo  a  buscar  la  Palabra  Substituida. Fueron sus obreros quienes vieron el golpe fatal, quienes conocieron que la Palabra no se había perdido, quienes se lanzaron en su busca.
Y ellos fueron también los que, al no poder rescatarla de la tumba del olvido en que había caído, con todos los esfuerzos de su sabiduría incompleta, se volvieron hacia las vagas y difusas tradiciones conservadas desde tiempos primitivos, y, con su ayuda, buscaron un substituto a la verdad en sus religiones filosóficas.
Schmidt opina que los Misterios del mundo pagano, no son sino restos de la antigua religión pelásgica, y dice que "las asociaciones de personas creadas con objeto de celebrarlas debieron haberse formado cuando la influencia abrumadora de la religión helénica empezó a imponerse en Grecia, y cuando las personas que sentían reverencia por el culto practicado en tiempos anteriores se reunieron con objeto de conservar en lo posible la religión de sus antepasados".
De modo que, si aplicamos nuestra interpretación en sentido general y admitimos que la Palabra es el símbolo de la Verdad divina   la narración de su pérdida y su búsqueda se convierte en símbolo mítico de la decadencia y pérdida de la verdadera religión de las naciones antiguas, y de los esfuerzos hechos por los filósofos y sacerdotes para encontrarla y retenerla en sus Misterios e iniciaciones secretas, a los que hemos designado hasta ahora con el nombre de Francmasonería espúrea de la antigüedad.
Pero hemos dicho, también, que además de la interpretación general, existe la particular, duplicidad simbólica, que no es corriente en Francmasonería.
En páginas anteriores hemos puesto un ejemplo de esta interpretación en el simbolismo del templo de Salomón, donde, en sentido general, el templo simboliza el edificio espiritual formado por la agregación de todos los individuos de la Orden, del cual es cada francmasón a modo de una piedra; y, en sentido individual, se considera que el mismo templo ha de verse como templo espiritual que debe levantar en su corazón todo francmasón.
Ahora bien, la Palabra, en sentido individual, con el mito de su pérdida, substitución y recuperación, viene a ser el símbolo de la evolución personal del candidato, desde la primera iniciación hasta la última, donde llega a conocer todos los secretos de los Misterios.
El aspirante empieza a buscar la verdad como aprendiz, envuelto en tinieblas, que busca la luz, la luz de la sabiduría, la luz de la verdad, la luz simbolizada por la Palabra. Para realizar esta importante tarea, que comienza a tientas, vacilante, dudoso y débil, se prepara purificando el corazón, y recibe la primera palabra substituta de la verdadera, que, como el pilar que los israelitas tenían ante sí en el desierto, ha de guiarle camino adelante en su jornada.
Se le ordena que coja todas las virtudes que ensanchan el corazón y dignifican el alma como báculo y zurrón de viaje, por medio de grandiosos símbolos y tipos, que asocian el primer grado con la juventud, se le inculcan las virtudes de saber guardar el secreto, la obediencia, la humildad, la confianza en Dios, la pureza de conciencia y la economía de tiempo.
En  el  grado  de  Compañero  emprende  otra  ruta, porque ya ha pasado la juventud y ha llegado a la edad madura. Nuevos deberes y obligaciones recaen sobre el individuo. Esta etapa simboliza la parte de trabajo y pensamiento de la vida. En ella ha de cultivarse la ciencia, adquirirse la sabiduría y buscarse la palabra perdida -la Verdad divina,- sin lograr por eso encontrarla todavía.
Luego llega la etapa de Maestro, con todo el simbolismo de la vejez: pruebas, sufrimientos, muerte. Y en ella también avanza el aspirante siempre adelante, clamando "por luz, más luz". La búsqueda está a punto de terminar; pero  ha  de  aprenderse  la  humillante  lección para  la naturaleza humana de que, en esta vida triste y obscura, terrestre y carnal, -no vive la verdad pura; y ha de contentarse el hombre con una substituta, esperando el momento en que pueda entrar en el segundo templo de la vida eterna en donde la Palabra, la Verdad Divina, nos enseñará que siempre hemos de aprender de Dios y del alma humana, emanación suya.
Así es como el Maestro Masón, una vez recibida la palabra que substituye a la perdida, aguarda pacientemente el momento de encontrar ésta y de alcanzar la sabiduría.
Pero por más que nos afanemos, jamás puede encontrarse enteramente la palabra simbólica -el conocimiento de la Verdad divina- en esta vida, o en la Cámara del Maestro Masón, su símbolo. La naturaleza mortal, la oculta de la vista de los ojos mortales anublando el intelecto humano. El hombre es capaz de recibir y apreciar la revelación más allá de la tumba, cuando se liberta de la pesada carga de su vida terrenal.
De ahí que, cuando hablamos de la recuperación de la Palabra, en un grado superior y suplementario a la Antigua Masonería, queramos dar a entender que esta parte sublime del sistema masónico simboliza el estado post mortem. Porque la Verdad divina, a cuya busca dedicamos toda la vida, si no en vano, por lo menos sin éxito, así como su clave mística, únicamente puede encontrarse en el profundo abismo de la tumba, bajo los cimientos del edificio, cuando se derruya y venga abajo este templo de vida.
Ahora ya sabemos en qué consiste el trabajo masónico, que en sí no es más que otra forma del mismo símbolo.
El trabajo del francmasón consiste únicamente en buscar la Palabra -hallar la Verdad divina, -siendo esta Palabra el premio concedido a sus esfuerzos.
Los monjes de la antigüedad decían que el trabajo es una oración -laborare est orare. Por eso, el culto de nuestras logias estriba en trabajar por la Palabra o por la Verdad, con la vista fija siempre hacia adelante y sin mirar jamás hacia atrás, esperando la consumación y la recompensa de nuestro trabajo en el conocimiento prometido a todo el que no se rezaga.
Goethe, que fue al par que poeta, francmasón, conocía a  fondo  todo  este  simbolismo  de  la  vida  del  Maestro Masón cuando escribió la siguiente hermosa poesía:
“La conducta del masón, modelo es de existencia, cuya porfía dura lo que la vida de los hombres.
El futuro guarda en su preñado seno alegrías y tristezas; pero nosotros avanzamos por él sin que nada nos acobarde.
Ante nuestros ojos se abre el velado y sombrío portal en donde acaban los mortales.      Sobre  nuestras  cabezas duermen estrellas silenciosas; bajo nuestros pies calladas tumbas.
Y, mientras contemplamos ansiosos este presagio de terror, acércanse el fantasma y el error a llenar de turbadoras dudas y temores a los más valientes.
Pero oíd el clamor de la opinión, de los sabios, de los mundos y de los siglos: "Elegid bien, que la elección es breve, pero infinita. ¡Oh, valientes!, en el silencio de la eternidad unos ojos os contemplan. Aquí todo es llenedumbre de recompensas; trabajad con empeño y arrojo y no perdáis  la esperanza."
Al terminar esta obra, tan inadecuada a la importancia de los temas tratados en ella, puede hacerse, por lo menos una deducción de todo cuanto llevamos dicho.
Historiando la evolución de la Francmasonería y detallando su sistema simbólico, adviértese que está tan íntimamente relacionado con la historia de la filosofía, la religión y el arte, en todas las épocas del mundo, que tenemos la convicción de que ningún francmasón puede llegar a comprender su naturaleza o apreciar su carácter científico, a menos que se dedique asidua y esforzadamente al estudio de su sistema.
La habilidad de repetir sin equivocarse las lecturas ordinarias, cumplir con todos los requisitos ceremoniosos del ritual y dar con precisión los signos del retejador, no es más que el rudimento de la ciencia masónica.
Pero la Francmasonería tiene que ver con series de doctrinas mucho más elevadas, cuya exposición hemos tratado de hacer en esta obra, aunque de un modo imperfecto. Ellas son las que constituyen la ciencia y la filosofía de la Francmasonería, ellas las que únicamente premiarán con creces los esfuerzos de quienes se dediquen a estudiarlas.
La Francmasonería ha dejado de ser una institución meramente social, para adoptar su posición original y evidente de ciencia especulativa. Mientras se conserva aún el ritual, como joyel donde se guarda la preciada perla; mientras se ejerce en ella la caridad, como resultado necesario, pero incidental de sus doctrinas morales; mientras se cultivan todavía sus tendencias sociales cual cemento que une la bella simetría y fortaleza de la fábrica toda, el alma masónica anda por todas partes buscando y pidiendo algo que nos alimente como el maná del desierto, con pan intelectual, en nuestro viaje de peregrinación por la tierra.
El mundo masónico clama universalmente por la luz; de ahora en adelante, nuestras logias han de convertirse en escuelas; nuestro trabajo ha de ser el estudio; nuestro salario, la cultura; los tipos, símbolos, mitos y alegorías de


la institución han de empezar a investigarse en relación con su significado último; en nuestra historia han de buscar los celosos investigadores su conexión con la antigüedad. Los francmasones comprenden ahora en toda su amplitud la definición tantas veces citada de que: "La Masonería es una ciencia de moral, velada en alegorías y esclarecida por medio de símbolos. "
Por lo tanto, aprender Francmasonería es conocer nuestro trabajo y realizarlo bien. ¿Cuál será el buen obrero que se atreva a no realizar esta labor?
Albert G. Mackey


sábado, 4 de febrero de 2017

LO FUNDAMENTOS DE LA MASONERÍA

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El camino de la masonería, como es sabido, va de la oscuridad a la Luz; su objetivo es la luz interior o sea la luz de la realidad sobre la condición de unidad con todo lo que existe. Ese objetivo está representado por el Oriente Simbólico en toda Logia Masónica. Es, asimismo, el propósito, detrás de todos sus trabajos y todos sus ritos, símbolos y alegorías. El camino de la masonería nos muestra, en otras palabras, el camino de salida de toda limitación y de los múltiples problemas en el mundo material, debidos a la oscuridad y al caos en que vivimos, representados éstos, por el Occidente Simbólico en toda Logia. Parece obvio, pues, que, para que la masonería surja de la confusión y el caos en que se halla sumida, sólo tiene que seguir su propio camino. Pero, evidentemente, los que la integramos y la dirigimos la estamos llevando por mal camino. ¿Por qué? Precisamente por esa ignorancia, ese prejuicio, esa estrechez de miras o miopía que caracteriza a los que viven y se mueven en la oscuridad interior del Occidente Simbólico.



Hay ciertos requisitos que debemos reunir para poder percibir la Luz de esa Realidad que tenemos por estrella. Los principales son: impersonalidad, desapego, desapasionamiento, amplitud de criterio, comprensión, tolerancia, buena voluntad, cualidades todas de un buen masón. Para no extender este trabajo más allá de lo indispensable, vamos a elegir entre ellas para orientarnos, la “amplitud de criterio”, ya que las otras cualidades mencionadas tienen relación con ella.
La Amplitud de Criterio
Si tenemos interés en surgir de las limitaciones que aprisionan nuestra Orden, es indispensable que, aunque sea provisoriamente, consideremos lo que sigue con una mente abierta, libre de ideas preconcebidas y de prejuicios religiosos o raciales o de cualquier suerte; que abramos nuestra mente a la luz, venga de donde viniere, para reconocer nuestros errores si los hay. Sin tener nada de sordos o de ciegos, algunos no escuchamos ni vemos lo que nos dicen cuando tratan de comunicarnos algo.
Es necesario tener un criterio amplio, como la bóveda celeste que adorna nuestros Templos, para ver las cosas en toda su dimensión, extensión y realidad, y no en forma parcial y distorsionada. Nuestro mundo está limitado sólo por nuestra mente. Por “mirar demasiado a las árboles, no vemos, muchas veces, el bosque”. Tenemos la tendencia de analizar las cosas y verlas en segmentos. Por consiguiente, el concepto que nos formamos de ellas, separadas del conjunto, es sólo parcialmente cierta, es incompleto. Tenemos que tratar de ver el cuadro completo y no parcialmente. ¿Podemos decir que estamos por encima de toda creencia doctrinaria a partidaria? Si no, ¿cómo podemos considerarnos realistas?
Las ideas materialistas limitan enormemente nuestra visión parque descartan lo opuesto. La masonería, como todas las cosas, tiene un aspecto externo, superficial, y otro interno. Los que miran sólo su forma externa, ven una sola de sus dos aspectos: su aspecto inferior. Esto se halla representado en nuestro simbolismo por la escuadra sobrepuesta en la parte inferior del compás. No seríamos tan parciales si miráramos las cosas desde arriba en vez de mirarlas desde abajo. Sólo miranda las cosas en forma objetiva, desde cierta distancia, podemos apreciarlas en su debida proporción.
La masonería se apoya en aquellos que pueden vivir por encima de credos y clases. Ella requiere de sus integrantes que no se vean como entidades aisladas sino como partes de un todo, que estén plenamente convencidos de que la totalidad es siempre más importante que la parte.
El verdadero masón no puede ser exclusivo de manera alguna. La inclusividad es la característica más destacada de la masonería. Ella tiende hacia la Síntesis. El punto de vista del masón debe ser tan inclusivo como cualquier línea proyectada desde el centro de un círculo a la periferia. Es el punto de vista del cual ningún masón debe salirse; trátese de asuntos políticos, sociales, religiosos o filosóficos. Es por ello que el masón debe distinguirse por su tolerancia.
Antes de decir que estamos o no de acuerdo con algo sobre la masonería, debemos tener en cuenta que ella está fundada sobre una realidad superior o imperecedera, y nadie es dueño de la misma, o puede arbitrar sobre ella. Cualquiera puede, ciertamente, tomar esta realidad como guía en su actuación para determinar si la misma está o no de acuerdo con los preceptos masónicos. Pero, para ello, no puede mirarla en forma parcial, en una determinada luz y color. Solamente si se ve todo en la luz diáfana de la síntesis se puede captar la masonería.
Como lo sugiere el símbolo de la escuadra y el compás sobrepuestos, lo inferior debe levantarse hacia lo superior, y lo superior debe materializarse en la Tierra. Al fusionarse y amalgamarse lo inferior y lo superior, surge el Templo del G.A.D.U. Para que se realice esto, es necesario obedecer a ese ser que es más que nosotros y es, a la vez, parte de nosotros, y pasamos la mayor parte de nuestra vida tratando de hallar la realidad de su existencia.

Muchos, sin embargo, vivimos encerrados y sumidos en el sótano de ese edificio que es la masonería. Tenemos que surgir de él y proyectarnos en todas direcciones, como la Luz de nuestro Oriente Simbólico, sobre “buenos y malos” o sobre las posiciones opuestas, sean cuales fueran. La masonería está en el centro de todo.
La Unidad
La unidad es la realidad subyacente en el universo. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que todo es uno. ¿No es el todo el que la da valor a las partes?
El descubrimiento científico de que la energía es todo lo que es, y que toda manifestación es una manifestación de energías, confirma esta aseveración. Más allá de la diversidad está la unidad, el principio de todo. Todo lo que no está basado en la unidad pasa y desaparece, representada esta última como la cadena simbólica que rodea nuestros Templos como si rodeara el universo.
Se está llevando a cabo, continuamente, y en forma encadenada, un proceso de contacto y de expansión en conciencia, del átomo a la célula, de la célula al órgano, del órgano al organismo o a la persona, de la persona a un grupo especial, y, sucesivamente, a grupos mayores y más inclusivos, hasta incluir al mundo, al universo, al Todo. Todos nuestros símbolos tienden a indicarnos la relación con nuestros semejantes, con el universo y con el Gran Arquitecto del mismo.
La más grande da las ilusiones es la de la separatividad. El aislamiento es una forma de existencia que sólo puede tener cabida en nuestra mente. Apenas nos detenemos a pensar un poco vemos lo imposible que es tal existencia. Todo lo que nos rodea es el fruto de incontables personas y la consecuencia de innumerables factores. Existir es estar relacionado con todo. Gracias a esa relación es que puede uno llegar, a través del conocimiento de sí mismo, al conocimiento del universo, y aún de su Creador. La masonería induce a asumir en nuestra consciencia la realidad de esa interdependencia a través de la forma interrelacionada y coordinada en que se llevan a cabo los trabajos en el Taller.
Somos meros puntos dentro de un mar de energías. ¿Cómo podemos hablar de separación entre unos y otros? La amarga experiencia está llevando a los hombres en todas partes, a la convicción de que su suerte está estrechamente ligada.
Gústenos o no estamos inseparablemente unidos. Estamos parcialmente separados sólo exteriormente, no interiormente. En nuestros deseos de vivir en paz y armonía, en nuestros anhelos de superación y bienestar, en nuestros esfuerzos por un mejor de libertad y justicia para todos, somos inseparables.
Nuestros problemas surgen de no reconocer esta realidad. La libertad sin el concepto de unidad se vuelve libertinaje, irresponsabilidad, abuso de libertad, libertad sin freno.  Si analizamos nuestros problemas, vemos cuánto dependen sus soluciones de nuestra unidad y no de nuestras divisiones. ¿No surge a las claras que tenemos que encontrar respuestas comunes a todos los problemas si queremos resolverlos en forma integral?
La unidad es el principio y el fin de todo. Todo progreso tiende hacia la unidad. Cualquier persona o institución que trabaja para ese fin, lo hace en favor de la corriente evolutiva. Los que trabajan, en vez, para antagonizar y separar a los hombres se oponen a dicha corriente. Se desprende de esto que si queremos trabajar en favor de la evolución humana, debemos comenzar, en forma individual, en poner énfasis en todo lo que nos une y no en lo que nos separa y desenvolvernos siempre en la luz de los principios de la unidad.
Téngase en cuenta, para ello, que la unidad no está reñida con la diversidad, por ende, con la individualidad. La experiencia nos ha probado que no es necesario eliminar diferencias para lograr la unidad, que no es necesario derrumbarse para integrarse.
Una sinfonía está compuesta de notas diversas, no de una sola nota. El quid está en la capacidad para armonizar esas diferencias. Es fácil desarmar las cosas, esto no requiere mucha capacidad. Lo que si requiere de capacidad es tomar lo que está desintegrado, o en un caos, y, como la sinfonía , darle unidad y armonía.
La masonería como reproducción del universo, no podía sino propiciar esa unidad y esa armonía que lo caracteriza, y fundar sus enseñanzas en esa Realidad incuestionable. En efecto, la masonería es un organismo creado para dar sentido y realidad a la unidad entre los hombres. Basada en la creencia sobre la unidad con todo lo que existe, estimula en el hombre un espíritu de universalidad  y desarrolla en él la habilidad de integrarse y de llevar a una relación sintética y armónica, todas las tendencias opuestas. Es, asimismo, un modo de vidacuya característica principal es la unidad. Todos sus ritos y símbolos indican el camino hacia esa realidad: la cadena de unión, el compás y la escuadra sobrepuestos, el Oriente y el Occidente, los opuestos inseparables, etc. Sus obras de caridad, ayuda mutua, auxilio y servicio, son reflejos de ese concepto de unidad. Sus ritos y ceremonias entrenan a los que participan de ellos a actuar, trabajar, hablar y pensar simultáneamente y en forma rítmica como un organismo coherente y funcionante. Ella enseña, en fin, lo glorioso de ser parte de esa armonía que hay en el universo.
Trata asimismo, de convencernos de que solamente unidos podemos salvarnos y hallar la solución de todos los problemas que nos afligen. Son muchas las soluciones de los mismos que podemos encontrar cuando caminamos hombro a hombro.
Solamente en espíritu de unidad y relacionándose con la totalidad puede la masonería cumplir su misión en el mundo. Los astrólogos nos dicen que estamos entrando bajo la influencia del signo de la universalidad. Si hemos de creerles, es probable que a la masonería le ha llegado su día, si podemos ver y comprender su misión y la sabemos cumplir.
(Extraído del libro “La regularidad masónica en una nueva luz” de W. Cox. Learche)