sábado, 29 de julio de 2017

LA EVOLUCIÓN DE LA CONCIENCIA

Lo que publico es una parte de una recopilación llevada a cabo por Dámaso Lagos Vargas, Martnista, bajo el nombre de "Espiritualidad", siendo esto sólo una breve parte del escrito total.

Cabe mencionar que el escrito orginal recopila enseñanzas de disntintas obras, entre las que se destacan, al menos en esta parte, las de Mr. Lowe, llamadas "Ante el umbral" y "En el umbral".

También es importante destacar que el concoimiento entregado tiene un fuerte componente espírita, pero que no está exento de poder ser adecuado a otras creencias espirituales.

Con el deseo que sea de utilidad, aquí se los dejo:

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ALMA Y ESPÍRITU: ¿QUÉ SOMOS EN ESENCIA? 
Corrientemente se confunde el alma con el espíritu y sin embargo, son elementos muy diferentes.
El espíritu es la vibración de vida, es la esencia divina del Todo Superior, o Máximo Hacedor, o Sumo Arquitecto, o Dios, la que después de un largo peregrinaje evolutivo a través de los reinos mineral, vegetal y animal, adquiere conciencia y se incorpora a la evolución como el ser humano. El espíritu, parte de Dios y vuelve a Dios, siendo en consecuencia, imperecedero, inmortal. El alma, en cambio, es de origen material y como su estructura es de substancia etérea, mucho más fina que la materia de nuestro cuerpo denso, puede conectarse fácilmente con el espíritu actuante también en sus otros vehículos o cuerpos menos densos aún, como el cuerpo astral y el cuerpo mental, sirviendo así de intermediaria, mensajera o vínculo entre el espíritu y nuestro cuerpo denso o carnal, dando en tal forma lugar a un todo relacionado con sus partes; el alma por ser de orden material, es perecedera y se desintegra, junto con el cuerpo denso, al desencarnar el espíritu.
El espíritu es un conjunto de células imponderables, fluídicas[1] de organismo indefinido que creó el Ser Supremo para cada ser; de manera que en cada una de estas células está Su esencia y Sus virtualidades en estado latente, las que despertarán y se desarrollarán tarde o temprano, según sea el comportamiento que cada cual haya tenido desde que surgió a la vida. El espíritu es una realidad efectiva y evidente, aun cuando escapa a los medios materiales actuales de comprobación, y se une a la materia en el momento de la concepción para desarrollar sus poderes latentes mediante las experiencias terrenales captadas por su consciencia, volviendo a ocupar cuerpos físicos tantas veces como sea necesario, hasta agotar sus experiencias y cortar por último las ataduras con la materia, a fin de continuar por tiempo indefinido en evolución en el astral[2], en otro estado más sutil y etéreo apropiado a su nueva actividad y condición. La permanencia del espíritu en cada una de sus encarnaciones tiene un plano terrenal determinado, calculado para su desarrollo en conformidad a las Leyes Divinas que lo rigen. El espíritu, o chispa divina, o soplo de vida se da sólo una vez, pero en cada vibración refuerza su vibración.
Al mismo tiempo que se forman las células materiales para constituir el feto, igualmente toman ubicación las células espirituales que configuran el espíritu, distribuyéndose en toda la extensión dela materia, desde la cabeza a los pies. Estas células espirituales, como las físicas, van aumentando con la edad o tiempo de existencia, así como una planta aumenta sus raíces en proporción con la extensión de su follaje de acuerdo con su edad. Sin embargo, hay puntos en que las células espirituales están en mayor número y son aquellas que más ejercita el ser humano. Si es un intelectual o pensador, se agrupan en mayor cantidad en el cerebro; si es un sentimental y elevado, se concentran en el corazón, y si es un vividor o de bajas pasiones, en el plexo solar o visceral. Esta abundancia de células espirituales en las partes señaladas dan, por lógica también, el mayor desarrollo y capacidad de los mismos, y al desencarnar son estos lugares los que dan paso al espíritu para salir del cuerpo denso, con el objeto de continuar su evolución fuera de él.
Se puede decir que el ser humano está constituido esencialmente, por el espíritu; emocionalmente, por el alma, y materialmente, por el cuerpo denso. Veamos ahora cómo se manejan estos tres elementos en la existencia terrenal de un individuo: el espíritu, por su condición superior y por sus experiencias recogidas en las repetidas encarnaciones que haya tenido, se da cuenta anticipadamente de los resultados perjudiciales que ha de tener un proceder determinado. El alma, que es fundamento o base de las emociones, de las pasiones y del intelecto, no demuestra interés por el perjuicio que pueda recibir. Luchan, entonces, ambas fuerzas por imprimir al cuerpo denso una conducta determinada. A veces triunfa el espíritu, otras es el alma la que se impone con sus emociones e intelecto equivocado. Hay pues en toda vida humana terrenal dos fuerzas que deciden el destino de cada individuo, y ellas son el espíritu y el alma. Cuando las acciones son nobles y elevadas, el espíritu crece y se fortalece; cuando son emocionales y pasionales, el alma es la que se vigoriza. En el primer caso, el cuerpo estará bien dirigido en beneficio del perfeccionamiento del espíritu; y en el segundo, el desorden y el vicio aprisionarán al cuerpo en perjuicio evidente de toda evolución espiritual.  Es indispensable entonces, esforzarse por formarse un carácter con hábitos puros y sanos, pues sólo así se podrá encausar el espíritu por el sendero del progreso.


¿DE DÓNDE VENIMOS?
Nada existe sin la Causa Única, sin la Razón Suprema, que es Dios. Desde allí surge una vibración, una energía o fuerza llamada Logos, la cual pasa enseguida al Plan Solar y de este a la Tierra, guiado y cuidado por entidades espirituales especializadas. Esta vibración o energía forma, en el plano material, los átomos y moléculas de todo lo que existe, dando así comienzo a la vida materializada, la cual comienza su evolución en el mineral en el cual, como puede apreciarse, no hay todavía manifestaciones de progreso evidente porque falta el movimiento, la sensibilidad y otros factores que caracterizan a la vida en plenitud; sin embargo, en los minerales está la esencia divina y por eso se producen la cristalización y otras propiedades inherentes a ellos, lo que constituye una demostración de la existencia de la vida en potencia y en principio de evolución; en ese mineral comienza pues la evolución del que llegará a ser el ser humano, para seguir ascendiendo a través de los otros reinos de la naturaleza: el vegetal y luego el animal. En cada uno de ellos se cumple el ciclo correspondiente y necesario para cada avance. Este proceso evolutivo se ha sintetizado elocuentemente en esta sentencia: “El ser humano duerme en el mineral, sueña en el vegetal, despierta en el animal y adquiere conciencia plena en el hombre”. Ello en sentido figurado, refleja exactamente la condición en el principio de la vida; la Esencia Divina está en cada una de esas etapas.
Mientras la evolución no llega a la etapa del hombre, esta esencia o energía se encuentra dirigida y protegida desde afuera por entidades espirituales, que reciben el nombre de Espíritus-Grupos, de los cuales hay para cada reino de la naturaleza y para las distintas especies o “grupos” y de ahí deriva su nombre. Estas entidades especializadas cuidan a las criaturas que tienen bajo su control, con sumo esmero y abnegación, especialmente a los animales y aves, cuya sensibilidad y peligro a que están expuestos son mayores. Así por ejemplo, se preocupan de que no les falte los alimentos, los dirigen en sus labores y a veces los trasladan de un punto a otro de la Tierra, haciéndolos emigrar en determinadas épocas del año a regiones más convenientes. En otras oportunidades tratan de apartarlos de peligros y accidentes, aunque no siempre lo consiguen. En el hombre ya no existen estas entidades, ni hacen falta porque el espíritu se ha individualizado, adquiriendo plena conciencia, con lo cual su acción y proceso evolutivo se verifica desde el interior y en conformidad con su libre determinación, constituyéndose así en dueño de sí mismo. Al adquirir conciencia plena, el espíritu queda en completa libertad para elegir entre los diferentes caminos que se le ofrecen y que le conducirán con mayor o menor rapidez en su proceso evolutivo, al cual está determinado desde el instante en que surgió como Logos. Esta vibración o fuerza vital evolucionó determinada y dirigida por Espíritus Grupos mientras permaneció en tres de los cuatro reinos conocidos de la naturaleza. En el reino humano continúa evolucionando con el ritmo y aceleración que el hombre quiera imprimirle; es así como puede retardar o acelerarla, hacerla penosa o liviana, según sea el camino que voluntariamente elija. Antes de llegar a esta etapa, que es la cúspide de la evolución terrenal, el espíritu en su ascensión sufre diversas contingencias finales en la especie animal, que formando la etapa anterior a la humana están en condiciones de llegar a esta última, pues hay diferentes grados evolutivos entre ellas y debe irse progresando desde los inferiores hasta los superiores, los cuales corresponden comúnmente a los que se encuentran más cerca del hombre, esto es, a los domésticos. Sin embargo, no son estos los únicos que pasan a la categoría humana, pues también algunas especies marinas tienen este ascenso.

Cuando han cumplido el ciclo indispensable de permanencia en su estado, se les separa en planos especiales en el astral, en los cuales se les proporciona la preparación conveniente para el gran paso que van a dar, por eso a aquellos se les llama Planos de Preparación. Estas entidades que por primera vez pasan a la especie humana se designan con el nombre de “espíritus nuevos” y vienen en “oleadas” o períodos de cinco o de siete años terrestres. Por lo general, tales entidades nacen entre la gente de escasa evolución intelectual o de poca preparación cultural y a menudo traen deficiencias mentales o defectos físicos que no les permiten prolongar sus existencias desencarnando, por lo mismo, prematuramente. Asimismo, estos espíritus nuevos, vienen con algunas tendencias de la etapa anterior, a veces muy notorias, especialmente en la forma de comer, pues toman actitudes de su condición precedente.

¿HACIA DÓNDE VAMOS?
Mucha gente no tiene una respuesta verdadera y satisfactoria a esta interrogante, como tampoco la tiene para la otra: ¿de dónde venimos? Con el objeto de que no se continúe con el misterio, ni en el error, ni en la ignorancia, se da a conocer a continuación algunas enseñanzas que se complementan con otras dadas anteriormente y con otras que se darán más adelante.
Como ya se ha dicho, la Esencia Divina que está en todo lo creado, empezó su evolución en el mineral, continuándola en el vegetal, en el animal y por último en el ser humano, en donde adquiere plena conciencia y libre determinación de su existencia terrenal. Pero este proceso evolutivo no termina aquí, porque el espíritu que anima a la materia sigue viviendo después que se desprende de ella por la muerte física; después de esta, necesariamente el espíritu debe ir a algún lugar y con algún objeto. Pues bien, ese lugar es el astral, así es que “hacia allá vamos”, y el objeto es la continuidad de la evolución en calidad simplemente de espíritu liberado del cuerpo material o físico. En esta forma entra en otro orden de experiencias que le facilitarán su perfeccionamiento, ya que liberado de lazos materiales puede contemplar horizontes más amplios, para cumplir así con el fin de la vida integral. Sin embargo, este perfeccionamiento no se alcanza en corto tiempo y es preciso volver muchas veces a la tierra, y al astral, hasta eliminar los defectos y hacer brillar las virtudes, que son las únicas que cuentan en el progreso del ser. Pero, ¿qué es el astral? Es el conjunto de planos o mundos dónde reside el espíritu; bástenos saber por ahora, que son siete. Cada plano a su vez se subdivide en siete subplanos, y el primero y más inferior es el que se halla más próximo a la Tierra. Sobre todos estos mundos está el Plano de la Creación, que recibe el nombre de Plano de Saturno. Desde allí el Supremo Hacedor dirige la evolución total, sin que pueda llegar nadie hasta Él, salvo sus Espíritu Virginales que creó para Su servicio y enlace con los planos inferiores, los que no han encarnado nunca en el mundo físico.
El primer plano más próximo a la Tierra tiene, como los demás siete subplanos o
grados. A él llegan os espíritus que en su vida material no supieron elegir el camino que les debía conducir hacia la evolución y se dejaron llevar por sus pasiones, ni supieron dominar sus emociones, cometieron crímenes, se suicidaron, robaron o pervirtieron sus instintos hasta la degeneración, violando las Leyes Divinas. Todas las entidades espirituales, bajas o elevadas, antes de quedar en el sitio preciso que les corresponde, cuando recién desencarnan, deben presenciar en compañía de su Guía Protector el desarrollo de su vida material que acaba de terminar y que ha quedado como grabada en una especie de envoltura fluídica que posee el espíritu, llamada periespíritu, la que lleva consigo al desencarnar. En esta revisión del pasado se contempla todo cuanto hicieron o pensaron, lo bueno y lo malo, a fin de que sus consciencias, ahora más sensibles por el desprendimiento de la materia, puedan comprender mejor el valor de sus actos e incluso el valor de sus pensamientos y sentirse felices con el bien realizado o con angustias y remordimientos por el daño que causaron, lo que obliga a corregirse y a perseverar en las virtudes en las nuevas encarnaciones; no obstante esto, el espíritu a veces es rebelde y no obtiene provecho de sus experiencias pasadas deseando, por el contrario, volver a cometer las mismas faltas y en mayor grado. Estas entidades, como todas las que han violado las Leyes Divinas, quedan el primer subplano del primer plano, siendo llevadas a estas moradas por sus respectivos Guías Protectores y encerrados en cascarones hechos a su medida, en los cuales existe solamente obscuridad. En estos lóbregos calabozos, ellos ven con los ojos del espíritu todo el daño que han causado en la Tierra, atormentándolos incesantemente, como una pesadilla que no termina ni disminuye en intensidad, hasta que nazca en tales seres el anhelo de cambiar. Los Guías Protectores, a pesar de la culpabilidad y la rebeldía o la soberbia de tales entidades, no los abandonan jamás y siempre están preocupados de ellos, visitándolos constantemente. Algunos recapacitan y en un tiempo relativamente corto pueden abandonar sus prisiones, pero antes ha de venir una entidad especializada a darles luz. Otros, por el contrario, por su rebeldía y perversidad únicamente desean libres para volver a la Tierra y cometer mayores desmanes y fechorías; ellos no aceptan los buenos consejos y los rechazan, por eso sus Guías Protectores los dejan solos algún tiempo, en espera de reacciones futuras, las que a veces demoran cientos de nuestros años terrestres. De todos modos, ese instante llega y sólo entonces empieza la evolución de estos espíritus, primero con el arrepentimiento y después con el propósito de mejorarse.
Así van pasando de un subplano a otro, hasta completar los siete que constituyen el primer plano. Cumplida esta etapa se les hace pasar al plano siguiente llevándoles primero al centro de éste y luego al primer subplano del mismo, para que desde esta nueva ubicación continúen haciendo méritos u subiendo grado a grado, hasta completar los siete de su plano y continuar de esa manera su evolución. Sin embargo, comúnmente las entidades del primero y segundo planos vuelven a encarnar muchas veces antes de seguir progresando en el astral, porque deben cancelar o corregir faltas que cometieron aquí en la Tierra y que solamente pasando por las mismas experiencias y sufrimientos se compensa el daño causado y se corrige el defecto. En estos dos primeros planos, que son los más poblados del astral, por cuanto el mal es aún muy superior al bien en la Tierra, la vida espiritual es desagradable por las vibraciones de sus moradores igualmente desagradables; lo éteres de esos lugares son de calidad inferior y tienden a mantener una atmósfera pesada y lóbrega y todo contribuye a darles el peor de los estados, por lo cual la permanencia en ellos se convierte en un castigo casi insoportable.
En el tercer plano, se halla el plano especial de los deseos, y corresponde al séptimo subplano del mismo. Quien alcanza ese lugar está en condiciones de pedir el cumplimiento de un deseo de su espíritu que no ha podido realizar y con el cual tal vez consiga perfeccionarse y avanzar más rápidamente. Las entidades de este tercer plano aún no se han desprendido de sus odios y rencores, pero se interesan en superarse, especialmente al ver grabado en su periespíritu el lastre o defecto de la vida anterior. La conciencia en este plano ha despertado y las entidades piden un mayor trabajo o misiones a su Director, pues anhelan pronto llegar al plano siguiente.
En el cuarto plano el espíritu ya está purificado. Cómo los éteres, todo reviste mayor belleza y bienestar. De este plano ya bajan menos entidades a reencarnar.
En el quinto plano termina la evolución terrenal del hombre y solamente se vuelve a encarnar en cumplimiento de una misión y sólo por el tiempo que ella requiere. En este plano todo es magnífico; todas las entidades viven en un afán de progreso enorme.
En el sexto plano se inicia un nuevo ciclo de evolución, del cual se tienen muy pocos antecedentes, los que sólo son conocidos por los Iniciados muy avanzados.

DLV


[1] Contienen poca adhesión entre sí y toma la forma del objeto o vasija que las contiene.
[2] Otro plano de existencia y también otro vehículo más duradero del espíritu.


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